Vivirlo todo

Una rima larga
 y la sensación jugosa de olvidarlo.
 Todo.

Diez palabras,
 o veinte, y el tiempo que corre esparcido.
 Todo.

Dos manos,
 seis dedos que no sufren de ira ni miedo.
 Poderlo, todo.

Y expresar,
 y hablar de verdad, con el bocado rabioso
 del que no halla razón por la que callarse,
 del que no se detiene,
 del que no suda ni sufre.
 Y decirlo, todo,
 con furia y calor,
 con el frío de la voz
 y la batida del aliento, voraz.
 Volver a ver,
 como si se hiciera la luz,
 y despertar calado de sueños
 en la púrpura pradera
 en la que se gestan todos los colores
 adornados de mundo.
 Vivir.
 Vivirlo todo
 y no dejarse nada a medias,
 ni los golpes,
 desbrozarse en las letras que salen
 limpias aun con sangre,
 embeberse sin más de las pasiones
 y que los relojes se paren,
 como si en el mar no hubiera más que azules
 y en la tierra creciéramos sin orbitales escritos,
 libres del girar inermes
 entre las fauces de los monstruos
 que asuelan las horas de hambre y miedo.

Y recuperar la mañana,
 como revolución y como dogma,
 ¡y qué se pudra en su estómago el dinero!


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