De dentro hacia afuera. Así se está produciendo un cambio en mi vida.

Hay cosas que no termino de comprender, pero suceden. Cada vez uso menos el cinturón, pero cuando lo uso, elijo uno que compré en una tienda de submarinismo, hecho de un tejido de nylon y una hebilla inoxidable. Entiendo que esto no tiene mucha trascendencia, pero sí ascendencia: no sólo tengo una gran variedad de cinturones, sino que además he fabricado muchos de ellos, en una piel española de calidad excepcional. Y sin embargo, mi cintura no quiere sentirse anillada en la piel de un animal muerto.

Debo advertir que no soy vegano. Hace años me reía de los veganos, como de todo grupo que lleva las ideas al extremo, y condiciona su modo de vida por premisas o prejuicios culturales. Sin embargo, poco a poco sintonizo más y más con su estilo de vida. En la alimentación, desde luego, pero también en otras cosas.

Evito dejarme llevar por ideologías, que esclavizan la mente. Hace años, Saga Furs, la asociación de peleteros escandinavos, me invitó a conocer su centro de diseño y taller en las afueras de Copenhague. Ahí pude apreciar lo especial de las técnicas de la peletería, que son muy interesantes artesanalmente, y me llevaron a conocer algunas granjas de visones. La verdad, no salí de ahí con una mejor impresión de la industria, pese a que sobran argumentos y explicaciones para quien la quiera apoyar -si bien es cierto que también sobran para quien la critique. No quería entrar en la polémica, simplemente me bastaba con mi «feeling», a lo que denominé, acertadamente, una «cuestión de piel». Una cuestión de piel es algo a lo que tu piel reacciona: no hay que pensar, no hay que examinar, no hay que valorar; basta con sentir.

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