Cuiqui

Que feo cuando te agarra ese miedo que no te deja que saques a jugar a los chicos a la plaza y te obliga a manosear la pistola con la que le reventas el cráneo a un negrito.

Como la ruleta rusa (que te enseñaron mal) cinco veces le tiras; una bala por cada nena que te dijeron que se violó en el barrio sucio de él. Metes los casquitos en el maletín en caso de que la policía investigue por qué tus asistentes insistían en ir a buscarte el capuchino al bar del centro caminando.

“Las chicas siempre tienen camisas de más en la oficina” tenías pensado contestarles. Las sucias están todas manchadas de waska y deudas.

Llamas a tu mujer, que está viendo algún documental sobre los chicos que comen pasto en África mientras controla la lasagna, y le preguntas con que detergente podes limpiar el parabrisas del auto, porque mañana tenes que trabajar temprano y no queres que el boliviano de la entrada piense que sos un mugriento.

“Tené cuidado, que si lo haces mal se va a esparcir por todos lados y después no lo vamos a poder sacar.”

Te reís, porque tenes la cara pintada con sangre desde hace rato y nadie parece darse cuenta.