Enjustifijo

“Perdóname Marcelo”

Puedo explicarlo.

Es que el otro día, cuando vino la nena con los ojos mojados, le pregunté que le pasaba y no me quiso contestar; entonces me metí en su pieza y encontré los moretones en la mesita de luz. Estaban ahí, no sé de donde salieron o quien los pintó.

Pero no es mi culpa, Marcelo. Tampoco de ella, es pibita, no entiende que esto es la norma.

No te preocupes, ahora voy a buscar el trapito; ese que uso para fregar el piso después de que me cagas a palo cuando pierde Boca, y vas a ver como queda de reluciente.

“Cálmate, Marcelo”

No importan las fotos de la nena.

Es que me doy cuenta de como miras a las amiguitas de la nena cuando se quedan a dormir y ella también, porque las manchas del almohadón de Barbie que le dejas no salen con nada.

También encontré a esas pibitas del internet que tenes enlistadas de menor a mayor, por color y nacionalidad cuando te pensabas que te cocía el calzoncillo. Además creció viendo todas esas películas de Olmedo y Porcel de las que nos esclavizaste los sábados a la noche, algo le habrá quedado.

“¡Tranquilo Marcelo!”

No fue mi intención.

Es que nos mataron a otra, ¿sabes?, la violaron hasta el cansancio. Le pegaron tanto en los miedos que se le apagó el corazoncito. La nena se enteró y se enojó. (Yo también). Pero es pibita, no entiende que estas cosas les pasan a las nenas. (Yo tampoco entiendo).

“No pasa nada, está todo bien”

No me quedaba otra, Marcelo.

Es que la nena nos pidió los gritos a los 70.000 cuando esos hijos de puta nos la arrebataron y la rompieron toda esa noche que hacía tanto frío. Por eso no nos escuchaban.

Así que les tuve que prestar un poco de mi sangre a las putas, viste. Para que pintaran las paredes del centro, donde pasa toda esa gente que lee libros y pasea al perro.

Y así alguien se da cuenta de que a nosotras no nos mataron todavía.