Normalidad, igualdad y equidad en la discapacidad

Hablar del problema de la discapacidad es siempre complejo. Usualmente, se dan por hecho muchos detalles que no son nada excepto lugares comunes que el discurso ordinario se ha empeñado en tachar como concluidos, cuando en realidad el tema está plagado de términos relativos o ambiguos que deberían ser abordados en pro de una discusión más integral y menos socavada de la discapacidad.

El “detalle” más evidente es la nomenclatura. Pocos sectores sociales han llevado más nombres que este: desde los más despectivos como locos, idiotas, tontos o incapacitados; hasta los más “políticamente correctos” como personas especiales, con capacidades diferentes o simplemente personas discapacitadas. Estas etiquetas han surgido a partir de la diferencia: se piensa que las personas con discapacidad, al no tener un desarrollo motor o intelectual normal son personas con menos capacidades que las personas “normales”; pero esta forma de pensar respecto de la discapacidad da por hecho que todo el mundo sabe perfectamente lo que es una persona normal, lo que no es tan fácil si lo pensamos con detenimiento.

¿Qué es la destreza normal? ¿Quién tiene el parámetro para medir a todos los seres humanos en cuanto a agilidad mental? ¿Qué medida de fuerza o qué tipo de destreza es la que necesitamos tener para ser normales? Estas preguntas que podrían sonar absurdas hacen ver que el consenso en este tema no es tan sencillo como parece. Algunos argumentarán que las medidas de normalidad podrían responder a zonas geográficas de acuerdo con el promedio, y seguramente este argumento pueda convencer a algunas personas; sin embargo, me inclino a decir que si se llevara a cabo, los resultados de aquel experimento serían muchas más personas discapacitadas por el protocolo que por alguna dificultad física o intelectual perceptible.

En realidad nadie es normal. La normalidad es un mito para dar la ilusión de una estadística totalizante y más amable; es un parámetro dado por hecho para poder medir de manera más “objetiva”, lo que de alguna manera tiene ventajas, pero en este caso, en pro de la normalidad, asumimos que los estándares tienen límites perfectamente definidos y aquí están las consecuencias.

Como sabemos qué es una persona normal, asumimos que cualquiera que no esté en este parámetro es anormal o discapacitado. Lo más “natural” en estos casos es tratar de hacer que las personas anormales puedan llevar una vida normal. Pero ¿qué implicaciones tiene esto? En algunos tipos de discapacidad puede implicar cirugías muy agresivas al momento del nacimiento, uniones biológicas y electrónicas en un afán por suplir conexiones nerviosas, terapias intensivas exhaustivas, etc. Y con esto no quiero decir que esté en contra de estos procedimientos (aunque habría que ver cada caso); simplemente creo que no siempre son resultado de la mejor decisión.

Se haga o no una intervención después del nacimiento para normalizar al anormal, ese es sólo el principio para tratar de incluir a una persona con discapacidad a la sociedad de la que nunca debió de haber salido, como si fuera posible no pertenecer a la sociedad. Una vez pasados sus primeros años de vida, existen muchas otras formas de reintegración, como lo es la llamada inclusión social. Por tratar de incluir a las personas con discapacidad, muchas escuelas de educación especial fueron cerradas y sus estudiantes fueron incluidos en el sistema de educación convencional en un esfuerzo por borrar la línea que divide y segrega a las personas en cada uno de los lados.

Casi sin excepción, el movimiento fue un desastre. Las escuelas no contaban con las condiciones básicas necesarias para el acceso de todos los estudiantes, los padres de familia exigían que su hijo estudiara con niños normales argumentando que los idiotas sólo lo atrasarían, etc. La inclusión en este caso parte de la noción de que, en primer lugar, las personas con discapacidad están por fuera de la sociedad, por lo que hay que incluirlas. Al incluir a las personas con discapacidad dentro de los espacios de las personas “normales” se cree que estamos haciendo un bien y borramos así la línea que separa y discrimina. Esto es un error, pues de esta manera sólo jugamos a que todos somos iguales cuando ni siquiera entre los que llamamos normales podemos hablar de igualdad.


Lo que hay que pensar en este punto es que, en efecto, las personas no somos las mismas, pero eso no tiene que ver con discapacidades físicas o intelectuales, sino con naturaleza humana. No importa qué tan normales seamos, nunca tendremos las mismas condiciones de desarrollo o desenvolvimiento que otra persona.


Esto que digo no tiene por qué ser visto con malos ojos. No hay por qué temerle a la diferencia, no hay por qué sentirnos discriminados ni discriminar por ser distintos, sino asumir nuestra diferencia independientemente de nuestras capacidades. Desde luego, esto quiere decir que no somos iguales, pero no hay que pensar en la igualdad como algo bueno o malo per se, ya que no es lo mismo igualdad que equidad.

María Moliner, en el Diccionario de uso del español, añade una definición más a las cinco que tiene el diccionario de la Real Academia Española y nos dice que equidad significa “cualidad de un trato en que ninguna de las partes sale injustamente mejorada en perjuicio de otra”; es decir, “hay unos más iguales que otros” (como argumentaba George Orwell en Revolución en la granja), pero eso no significa que no merezcamos un trato equitativo.

Desde este punto de vista, la igualdad es imposible porque en todos los sentidos somos diferentes; pero esto no quiere decir que tengamos que adoptar una ideología clasista o racista, no; sino que, desde nuestra diferencia, podemos tratarnos desigualmente de manera equitativa.

Aceptar que somos distintos no por nuestras capacidades o discapacidades, sino simplemente por naturaleza humana, nos tendría que hacer pensar en la multiplicidad de los sujetos; tendría que forzarnos a mirarnos con respeto en vez de tolerancia; tendría que invitarnos a no ver a las personas con alguna dificultad física o mental con desprecio ni lástima, sino como un otro con más o menos habilidades en alguno de los muchos ámbitos de desarrollo humano, ya sea físico, intelectual o artístico, lo que paulatinamente nos llevaría a entender que la discapacidad en realidad no radica en su totalidad en la persona que la posee, sino que está en las barreras simbólicas, sociales o físicas construidas, impuestas y mantenidas por nosotros mismos y nuestra sociedad.

Cuando entendamos esta sutil diferencia entenderemos también que la inclusión no es tratar a todo el mundo igual, sino garantizar las mismas oportunidades para todos independientemente de sus capacidades y habilidades.