Sale Florence 15 minutos después de la hora oficial. Empieza con What the water gave me como diciendonos que abramos bien todos los sentidos porque nos va a hacer disfrutar. Está espectacular y maravillosa. Con un vestido transparente de diva que deja ver los culottes de bailarina. Va descalza. Camina elegante de puntillas. Canta con una calidad técnica deslumbrante.
 Después viene uno de los temazos del último disco. Llevo meses y meses diciendo que “Ship to wreck” es un escándalo de canción y cuando empieza todavía soy capaz de pensar “joder qué lista es”. Últimamente me cuentan que no sé. Me explican que es que el público tiene que entender la selección y el orden de las canciones. Que somos nosotros los que tenemos que hacer el esfuerzo o resignarnos. Florence es una diva y opina que no. Me va a demostrar hasta qué punto está de acuerdo conmigo desde el principio hasta el final de las casi dos horas de música ininterrumpida. Donde toda la parafernalia es a favor del show. Del ritmo del show. De las emociones del show. A nuestro favor.
 No estoy premenstrual y me paso todo el concierto sintiendolo todo amplificado y a la vez real. Ella habla de exorcismo. Igual tiene razón. Expulso los demonios y me enamoro de un batería duro, energético, fuerte y potente que empuja la voz de Florence y nuestros corazones en vez de atropellarnos o idiotizarnos con ese pam pam pam tan previsible que se está poniendo de moda inexplicablemente.
 Me enamoro de un trombón de varas y de un arpa que toman el protagonismo en un par e canciones. Llevan todo el peso y todo el brillo algunas veces junto con la voz de la diva máquina que nos ha enseñado esta noche que se puede ser diva, ser estrella, ser misterio y ser cercana. Que no necesita esconderse. Que es su propio personaje y canta y danza y se tira al suelo y corre y salta a la pista y trepa y está presente en cuerpo y alma contigo. Te hace sentir que eres una con las otras 10.000 personas. Que toca para ti. Que te está mirando a los ojos cuando te explica que mientras escribía el disco le pasaron cosas muy tristes y cosas muy alegres pero que todas fueron bonitas vistas en perspectiva porque mira dónde la han traído.
 Cuando se emociona recordando su 1er concierto en España. Razzmatazz. Cuatro de la mañana. Y ahora Vistalegre llena de gente feliz con sus díademas de flores, sus flores blancas, sus sonrisas y su piel emocionada.
 Te la crees cuando da las gracias entre carcajadas por un bocata de jamón. Sencilla. Cuando dice que hay mucho amor en el concierto y que por favor no lo dejemos aquí. Que recordemos la sensación y se la llevemos al mundo.
 Cuando nos pide que cantemos, que bailemos, que nos abracemos y nos toquemos y obedecemos porque empieza Dog Days are over y nos lo creemos. Somos felices.
 Se van una única vez. Hasta en eso es lista. Todo el teatro es para nosotros, para que nosotros vivamos una experiencia inolvidable. No para ellos y sus egos. Así que vuelven rápido después del temazo y te preguntas cómo se vuelve después de la cumbre.
 What kind of men. Qué lista es. Y para terminar una versión originalísima y no exactamente facil de Drumming song. La lección final. Aprende cómo se hace. Parece verdaderamente otra canción y no siento que me están estropeando una de mis favoritas. Un final perfecto que nos deja en ese punto justo de energía alta. Satisfechos. Felices y sorprendidos.
 Pensando que nada ha sonado ni se ha sentido mecánico. Que ella sabe salirse del guión con naturalidad y seguirlo como quien improvisa
 Es una maestra a la que quiero abrazar.
 Al salir el cielo lleno de estrellas y al pasar por Opera un chico me ofrece mirar el baile de júpiter con la luna creciente a través de un telescopio.
 Miro alucinada. Todavía con la música en la sangre. Es bonita la sensación de que a veces el mundo se entiende y tiene sentido. Aunque sea un espejismo. Sigo mi camino al ritmo de Drumming song y tecleo con mis dos pulgares todo esto en el móvil. Llego a casa. He decidido que voy a publicar sin releer. Gracias Florence. Eres una máquina humana.

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