Daniel, deja de hacer el tonto.

Dani y sus zapatones. Dani y su nariz roja. Dani y sus globos con formas caninas. Se acabó hacer el tonto. Y hacer el tonto es todo lo que le importaba en la vida.

Había aguantado carros y carretas. Comidas familiares en las que todos sus primos con trabajos serios y respetables le miraban como si le faltara un tornillo. Chicas que huían de su cama al ver el maquillaje. Nunca se había rendido. 43 años teniendo como objetivo la pista central del Circo del Sol. Incluso cuando le dijeron que en ese circo no había payasos.

El problema: no había ganado un duro en todo este tiempo. Sí, había trabajado en varios cumpleaños, pero los globos no son baratos. Seguía viviendo en casa de sus padres y viendo la mirada de decepción en los ojos de su madre cada desayuno. Ella nunca había dicho nada, por la ilusión de un hijo una se calla y va a empeñar el collar de oro de la abuela si hace falta.

Daniel era un payaso pero no era ciego. Un cuarentón que depende de la paga de sus padres no hace gracia a nadie. Así que cuando su madre le dijo que dejara de hacer el tonto lo vio claro. Su madre hablaba de la comida. Él no.

Salió de su piso de protección oficial, cerró la puerta sin dar portazo y desapareció. Lobatón no logró dar con él.

Diez años después aparcó un mercedes negro y una rubia siliconada en la puerta de sus padres. ¿Y qué si ya no se reía nunca?

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