
El último tango en Madrid.
Ana estaba aburrida de sí misma.
Estaba aburrida de pedir todos los días la vez en el mercado. Aburrida de planchar camisas. Aburrida de dormir con un marido que roncaba como un cerdo.
Por eso, cuando pasó por la puerta de la escuela de tango paró, hizo una visera con las manos y miró a través del cristal. Total, nada podía ser peor.
Las primeras clases le costó pillar el ritmo, pero después de varias semanas bailaba hasta con la fregona. La vida volvía a tener ritmo.
Ese martes cogió sus zapatos de baile, como todos los martes. Salió de casa y se cruzó con los niños del vecino, como todos los martes. Y cuando salió a la calle, sonrió.
El profesor anunció que bailarían un tango nuevo. Ana, hoy tú serás mi pareja. Y le dio al play.
Empezaron a bailar y Ana se dio cuenta de una cosa: era feliz. Hacía tanto que se le había olvidado eso, que le había costado reconocerlo. El tango le había devuelto todo lo que la rutina le había quitado.
Notó un dolor en el brazo izquierdo y vio una luz. Ahí estaba. La muerte le pilló bailando.