El viaje en familia
Somos veintiséis, veintiséis personas unidas por una nona italiana bastante estricta y del todo machista. Mientras me aisló en una mesa de este bar agreste ubicado en un pueblito del sur los observo de lejos. Con birra (mucha) y maní explican un juego de cartas llamado Pablo o Pedro, o algún otro nombre bíblico. Mi hermana ríe, mi prima Clara se queja porque aparentemente está perdiendo y mi otra prima Sofi le grita a Justo por no prestar atención o hacer trampa. Yo me encuentro hospedada en la mesa del fondo, con la cobarde excusa de que estoy haciendo un trabajo para la facultad. Tengo una birra a mi costado derecho y mis auriculares sobre mis oídos. Mi tío me echa una mirada liviana pero repleta de significado, porque resulta extraño que no quiera compartir todos mis espacios con mi familia.

A paso lento pero seguro me alejo de mi apellido, voy dejando algo atrás con el objetivo de encontrarme conmigo. Recuerdo ese párrafo del libro que vengo leyendo “Puede que no tenga a nadie en el mundo, pero al menos soy libre” (La maravillosa vida breve de Oscar Wao).
En medio de este pueblo ajeno encuentro un rincón, un espacio donde el viento corre suave y el frío del atardecer me calienta el cuerpo. Comienzo a sentir como la arena entra en mis zapatillas a medida que subo un pequeño monte. El pasto llorón me invita a sentarme para verlo bailar. Es la hora en que el océano se vuelve plateado y en el horizonte el rosado comienza a salpicarse sobre el anaranjado. Las calles anchas desde arriba se ven pequeñas y las personas viajan como hormigas feroces sobre el asfalto. Una señora a lo lejos extiende su mano para saludarme, yo le devuelvo el saludo y le sonrió, aunque estoy muy convencida de que no puede divisar mi rostro. Respiro hondo y siento la sal entrar por mi cuerpo. Entre las montañas el sol se va durmiendo y a lo lejos escucho el sonido adormecedor de los animales marítimos. Las luces del pueblo como por contagio comienzan a prenderse de a una, hasta que la ciudad se ve vestida para salir.