El punto más alto.

Éramos yo y el mar. Y el mar estaba solo y solo yo. Uno de los dos faltaba.

Sobre Antonio Porchia:

Evocaciones y espejismos; concatenación y consecuencia de la reflexión poética. Lirismo acentuado por lo verídico y sensible del destape intelectual. La invención de la pequeña prosa, de la poesía minúscula arraigada profundamente en el abandono y la soledad. Cada «voz» es una súplica. Cada escucha es una habitación en que las palabras eclosionan, se distienden, bullen, se matizan, se extravían… Antes de Porchia, nada conciso; después de él, sólo la duda persiste. El contenido irónico de sus letras, que son a la vez resolución e interrogante, rebosa de belleza, se impone como el punto más álgido de las consideraciones metafísicas que, a su modo de ver, no suponen consuelo alguno para la contemplación cotidiana de la vida. Agónico y triste, a menudo; genial y lánguido, siempre.

Su talento se vuelve latente cuando se vuelve espejo de la agonía propia; acude a la mente aquella reflexión de Hesse: «Y aunque yo fuera una bestia descarriada, incapaz de comprender al mundo que la rodea, no dejaba de haber un sentido en mi vida insensata, algo dentro de mí respondía, era receptor de llamadas de lejanos mundos superiores, en mi cerebro se habían animado mil imágenes.» Nos propone el hecho de que en nosotros palpita la magia de la poesía, que es una revelación de nuestro ser interior. La incertidumbre deviene en formas de regocijo ante la enseñanza diáfana y amable de este poeta, que es más bien un maestro. Nuestro hermetismo se torna dúctil, aprendiz del rayo. Víctima de una interesante trepanación; el alma cede, el alma luego se levanta.

Para comprender el mundo de Porchia habría que comenzar por el advenimiento de los sentidos a la configuración más literal del extracto en sí. Esto es, saber que los aforismos de este autor son a la vez estéticos y melódicos, al igual que un haiku; pero que también tienen un sentido ulterior, de donde se pueden extraer tantas impresiones como regocijos obvios. Luego, tras el primer impacto de las palabras, dejar que estas lo envuelvan a uno, sumergiéndolo en lo profundo: la vida propia.

Este es Antonio Porchia, hablando por su propia voz:

El misterio te hizo grande: te hizo misterio.
Creen que moverse es vivir. Y se mueven, no para vivir. Se mueven para creer que viven.
No me hables. Quiero estar contigo.
Un corazón grande se llena con muy poco.
Convénceme, pero sin convicciones. Las convicciones ya no me convencen más.
Si tú tampoco estás conforme de ti, yo estoy conforme de ti.