Batman, el héroe colectivo

Bernardo Erlich
Sep 6, 2018 · 7 min read

* Atención: contiene spoilers sobre Dark Knight Rises

La historieta norteamericana popular es en buena parte la historieta de superhéroes. Y a pesar de que la la historieta de superhéroes nos acostumbró a que su sistema de producción se parece mucho a una franquicia, donde un equipo de dibujante y guionista se hacen cargo de un personaje de características inamovibles, en el mejor de los casos el resultado es similar al jazz: variaciones sobre un standard conocido, reinterpretaciones de “una que nos sabemos todos”. Así que aún dentro de la producción en serie, el talento del equipo de trabajo produjo en algunos momentos el brillo de la historieta de autor.

En esos picos de intensidad el personaje queda asociado a su dibujo. Para hablar sólo de DC Comics: el Batman de Jim Aparo; el Supermán de Neal Adams; el Green Lantern de Gil Kane; el Flash de Carmine Infantino.

La estructura de esas primeras historietas se situaba en una zona de comedia de aventuras, con el acento puesto en la personalidad oculta bajo el antifaz y las infinitas soluciones que brinda el superpoder. Los superhéroes eran los justicieros de la ciudad, y la ciudad era como un barrio extendido; un barrio amable y con crímenes módicos, como aquel en que vivían sus jóvenes lectores. A medida que esos lectores fueron creciendo los argumentos se fueron sofisticando, y en un momento nos encontramos con que ya éramos adultos y los súperhéroes eran enmascarados neuróticos cuyas historias les quedaban chicas. Entonces Frank Miller se hizo cargo de Batman, y escribió y dibujó su “Dark Knight Returns”.

Miller le extrajo a Batman todo tipo de acrobacia y picardía, dejó a un costado el juego de la doble personalidad como simple resultado de ponerse una máscara y lo transformó en un hombre amargo y cínico, atormentado por demonios internos, fruto de una tragedia infantil. Miller ya había remodelado con una orientación parecida a Daredevil para la Marvel y, así como Alan Moore y Dave Gibbons en “Watchmen”, abrieron la puerta a una nueva historieta para adultos, que consistía en situar a los estridentes superhéroes en la opacidad del sistema de relaciones del mundo real. “Batman Year One” del mismo Miller, con dibujos de David Mazzucchelli, “Arkham Asylum” de Grant Morrison y Dave McKean y “The Killing Joke”, de Alan Moore y Brian Bolland, encaminaron a la historieta en la misma dirección. Y con esa premisa arrancó el Batman del cine su nueva andadura.

Y en el caso de Batman, por encima de las otras películas del género de superhéroes, se trasladó al cine de manera más evidente la identificación entre el personaje y su autor. Cuando hablamos de Batman en el cine hablamos del Batman de Burton, el Batman de Schumacher o el Batman de Nolan. “El caballero de la noche asciende” (horrible exceso de literalidad en la traducción del título original) no sólo cierra la trilogía dibujada por Nolan, sino que a la vez cierra la trilogía de grupo de películas sobre el personaje (a la del repelente de tiburones podemos considerarla un bonus track de la serie de TV), y nos permite leerlas a cada una en relación a las otras.

Visto a la sombra del Batman de Nolan, el de Burton está a medio camino de la oscuridad de la historieta de Miller y la felicidad de la serie de Adam West. (basta que uno vea hoy el Joker compuesto por Nicholson en contraste con el de Heath Ledger). Al traje cosido que mostraba los rollos de Adam West lo transformó en una armadura solemne que le imposibilitaba a Michael Keaton doblar el cuello, pero a la película la ganaba una alegría malsana cada vez que aparecía el Guasón. En la secuela se produjo la magia y Michelle Pfeiffer patentó a Catwoman para siempre –en historieta y en cine– dejando en segundo plano al Pingüino de Danny De Vito, cuya concepción demostró que Burton estaba alejándose de Batman y ya tenía la cabeza metida en Alicia. Las dos que dirigió Schumacher parten del malentendido de confundir al pop con el manierismo, error que lo llevó a convertir a Gotham en una pista disco, a desaprovechar a Schwarzzenneger como Mr. Freeze y a esconder la belleza de Uma Thurman detrás de un maquillaje rococó. Y está claro que los que crecimos leyendo historietas vamos a ir a ver todas las películas que sobre estos personajes se filmen, pero no hay amor de fan que tolere un traje de Batman con pezoneras. En ese punto de abandono por saturación de deformidades había quedado la saga cuando Christopher Nolan empezó su trilogía.

Nolan extremó el planteo de Miller. No modificó demasiado al personaje que había concebido Burton, pero cambió radicalmente la ciudad. Despojó a Gotham de la sobrecarga estética de Burton y le fijó domicilio en el realismo más crudo. Desplazó el centro del conflicto desde el personaje y sus demonios hacia el héroe y su ciudad. Los títulos de la trilogía indican un camino: “Batman Begins” — “The Dark Knight” — “Dark Knight Rises”. Los nombres mismos nos lo dicen: empieza jugando a Batman, se transforma en el señor de la noche, y como tal asciende a mito. El riesgo de seguir esa ruta era caer en la solemnidad. Nolan lo evitó tomando un riesgo: abrió la trama, reorganizó los materiales y llevó la historia hacia un territorio nuevo. Y a ese territorio lo dividió en tres.

De esta menra en la primera película el tema es Bruce Wayne, en la segunda Batman y en la tercera Gotham City. Y al poner el foco en la ciudad lo corre del superhéroe, de modo que la ascensión del Dark Night es una película de Batman casi sin Batman. Y no sólo eso: Nolan se carga buena parte del andamiaje histórico que rodea la construcción del personaje. Dos ejemplos: en esta tercera parte vemos a Bruce Wayne quedarse en la pobreza para siempre víctima de una estafa, las bombas de humo que preceden su aparición son casi cohetes mojados, y a Catwoman ni se la nombra como tal; será durante toda la película Selina Kyle, la ladrona, pese a tener puesto un traje parecido al de la mujer gato de la serie. El representante de esta decisión argumental es el impecable mayordomo Alfred, (el soberbio Michael Caine), que le comunica a Wayne que si no encamina su vida hacia un mejor destino, a él no le quedará otra alternativa que abandonarlo.

La película comienza con Batman retirado luego de haberse hecho cargo del asesinato de Harvey Dent, ya convertido en Two Faces, y como tal ha quedado prófugo de la justicia. Acá ya hay un cambio con respecto a Burton y Schumacher: la aventura del superhéroe no es algo que se producirá en serie, como en las entregas mensuales de las revistas, sino un evento con peso propio y que deja sus marcas. Bruce Wayne está recluido en su mansión con lesiones que le quedaron de ese encuentro. Otro signo. Batman ya no es un superhéroe en piloto automático que pasa a golpe de gadgets de una película a la otra, sino alguien abrumado hasta la inmovilidad por el impacto de sus acciones.

Cuando el comisario Gordon es herido por un nuevo criminal, Bane, Bruce Wayne abandona su letargo y vuelve a ponerse el uniforme. Pero le va mal. Armado sólo del lugar común de que el uniforme hace al personaje, Batman ataca a Bane sin demasiada motivación, es reducido y quedará al borde de la muerte, recluido en una prisión subterránea al otro lado del mundo. Gotham es tomada por Bane y su banda, que dinamita los puentes, encierra a la policía, desata el anarquismo e instaura una tiranía. Tercera modificación: si el tema es la ciudad, la megalomanía del supervillano y su enfrentamiento con el superhéroe deja paso a un programa político. Y sin Batman, y aislados del resto del mundo, los personajes de Gotham empiezan, como pueden, a resistir. Y acá la historia crece, levanta vuelo hacia una dirección inesperada y Batman se convierte en algo que no esperábamos y que nunca fue. Algo parecido a El Eternauta.

En 1959 Héctor Germán Oesterheld empezó a escribir una historia por entregas que se convertiría, en los dibujos de Solano López, en su obra más famosa. “El Eternauta” trata sobre un grupo de sobrevivientes a una nevada mortal, que se organizan para resistir lo que, a medida que se desarrolla la acción, descubren es una invasión extraterrestre a nuestro mundo. Diez años después, y en medio de un proceso personal de radicalización política, Oesterheld publicará una nueva versión, esta vez dibujada por Alberto Breccia, en donde el argumento contiene una alteración importante: la catástrofe ya no es planetaria. Las grandes potencias han negociado con los alienígenas que la invasión se circunscriba sólo a los países del tercer mundo.

Que es precisamente el argumento que enarbola el jefe de policía de Gotham cuando el comisario Gordon va a pedirle a su casa que encabece la resistencia a la ocupación de Bane: el Gobierno Federal ha negociado con el villano que la ciudad siga bajo su poder, a cambio de que no se extienda al resto del país.

Es un cambio muy fuerte. Porque si las reglas del género dicen que el superhéroe enfrenta con un poder extraordinario amenazas extraordinarias para proteger al común de la gente, Nolan elige que el cierre de la historia se dé por el camino inverso: que la influencia extraordinaria de Batman se disemine en los habitantes de la ciudad que lo vio nacer, para enfrentar en bloque un enemigo fuera de lo común.

Y por eso cuando Batman retorna, sobre el final, se desarma la última regla que había instalado Burton: que el disfraz es efectivo si el murciélago se materializa de noche. Batman reaparece de día y se agarra a las piñas con Bane en una tremenda pelea callejera que nos recuerda a las de la serie televisiva, pero esta vez en serio y sin apoyo de onomatopeyas gráficas. Y en ese cuerpo a cuerpo exclusivamente físico, abandonando la superioridad de los juguetitos teconológicos de la extinta Industrias Wayne, aparece el mejor Batman, para jugarse el resto en la acción antes de despedirse para siempre.

Nolan concluye la historia de su Batman dejando puntas abiertas por si alguien quiere tomar el relevo, pero más que nada al servicio de la pura convención. La historia está cerrada. Del Hombre Murciélago ascendido a mito sólo queda una estatua con rasgos hieráticos, la mansión transformada en hogar para huérfanos y una baticueva intacta para que alguien la venga a descubrir. Nada de eso ya importa. El gesto más importante y generoso con nuestro personaje querido y los sueños de nuestra infancia lo deja para lo último, cuando vuelve a poner en el centro de la escena ya no a Batman sino a Bruce Wayne, lo saca para siempre de la pesadilla del asesinato de sus padres, le regala una novia y le dibuja un final feliz.

    Bernardo Erlich

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    Tira y Afloja, Clarín. Revista VIVA.