Como un cuchillito de punta de alfiler
Tres cosas inútiles tiene el castellano: los puntos suspensivos, la hache intermedia y los diminutivos. La hache intermedia está solamente para que uno se equivoque cuando escribe almohada; es una letra en posición cazabobos. Los puntos suspensivos dividen a la gente entre los que los usan mal y los que los usan peor (salvo los adolescentes, que pegan el teclazo y te ponen 43 puntos de una tacada para terminar cualquier frase). Y los diminutivos.
Ah, los diminutivos.
Los diminutivos en principio ablandan la palabra a la que se aplican. Sofrenemos la tentación de extrangular al tipo que delante nuestro pide “por favor, limoncito” para acompañar la empanada que está por lastrarse y aprendamos a usarlos para detectar gente peligrosa.
El que apela a los diminutivos es porque esconde algo. Hay una cosa que quiere travestir en otra y empieza por camuflarla en el lenguaje.
El veinteañero que le pide al padre el auto “por un par de horitas” oculta la clara intención de no devolverlo hasta la noche. La gorda que dice “me comería alguito para ir tirando” está incubando un sándwich de doce tapas, todas con mayonesa y salsa golf. El que se “jugaría unos pesitos” a la quiniela clandestina está a punto de hipotecar la casa.
¿Por qué resulta esto tan evidente? Porque somos gente grande y no precisamos andarnos con vueltas: Si te vas a bajar un chancho a la cerveza, no te va a caer más liviano cuando cuentes que almorzaste “un lechoncito”. Cuando pedís en el truco abrir primera con un tres o un siete bravo, todo el mundo se va a dar cuenta si preguntás “¿no tenés una puntita?”. Un amigo que te va a tirar por la cabeza durante tres horas sus problemas, te invita a tomar “un cafecito”.
Es ridículo y no dejamos de hacerlo. Es que el único lugar tolerable para los diminutivos es la infancia y ahí volvemos cuando estamos en apuros. Cuando nos hemos mandado un macanón somos otra vez esos chicos indefensos que gritaban “¡mamita!” o los que le pedían al abuelo “unas moneditas” para comprar algo.
¿Quién no se enternece con un nene que pide las cosas en diminutivo? “Tío, ¿venís a jugar a los autitos?”; “dale, pa, dejame ver tele un ratito más y nada más”. Justamente por eso hay que tener cuidado. No hay ser humano más rápido que un chico que va derecho a lo que se propone, ni especie en la tierra con el mismo coeficiente de irresponsabilidad.
El adulto que te encara con diminutivos seguramente te quiere cagar. ¡Es una persona mayor utilizando el pasaporte que usan los nenes para tomar ventaja! Si un tipo te llama para comentarte un asunto y dice “te quiero proponer una cosita”, rajale, ¡pero rajale ya! Si invitaste a una mina a salir y ya va por el tercer diminutivo, pagá la cuenta y dejala en la casa no sin antes sintonizarle Utilísima en el televisor.
Saquémonos de encima a los portadores de diminutivos. Son más nocivos que los que manejan escuchando bailanta con la ventanilla abierta y a todo lo que da. De esos uno no espera nada, porque la contaminación está a la vista. De estos otros, en cambio, no vas a saber que esperar hasta que los escuches decir “limoncito”, “pesitos” “alguito”, “puntita”. Y para ese momento ya estás listo: te agarraron.
Y cuando te agarran… ay, diosito.
Agosto de 2008