Con humor es otra historia

Bernardo Erlich
Feb 25, 2017 · 4 min read

Mi bobe tenía una librería.
Mi bobe era mi abuela, pero como era judía, era una bobe.

La librería de mi bobe era una librería de barrio, es decir, era librería, mercería y un combo de afines que en la actualidad la hubieran definido como Polirubro, y en la década de nuestro primer mundo, Drugstore.

La librería de mi bobe se llamaba Ros-Nie. Así, con el guión en el medio, como un destaque consciente en el origen familiar del nombre de fantasía. Resultaba una palabra impronunciable que horrorizaría hoy a los comunicadores que no tuvieron una bobe con librería, y haría el picnic de semiólogos que a lo mejor sí.

En su librería de barrio al sur, mi bobe vendía cierres, elásticos, botones, hilos Tomasito, pelotas de plástico y de goma, caretas y pomos para carnaval, mapas de división geográfica y política, cuadernos Laprida y blocks Rivadavia, crayones Yapeyú, lápices Faber, gomas para lápiz y tinta Dos Banderas, plumas, y la mar en coche que de vez en cuando sigue salpicando desde los cajones menos pensados.

En la época de las fiestas — y cuando digo fiestas me refiero a navidad y al año nuevo goi, ya que las fiestas judías son sobre todo celebraciones — mi bobe surtía su negocio de juguetes para nenas y varones y, el 6 de enero a la mañana, con lo que había quedado, armaba una caja y enfilaba para el Hospital de Niños. Una vez me llevó con ella y pude ver cómo entregaba en mano a los chicos una alegría en medio de la desazón. Y después volvía a la casa a cocinar, igual de anónima e imprescindible.

Antes de tener librería, en su juventud, mi bobe fue maestra rural. Y para ser precisos, maestra rural de primer grado.

En épocas de hacha y tiza, mi bobe arrancaba a las 4 y algo de la madrugada para llegar a la escuela del ingenio de turno a eso de las seis y enseñar en un mismo grupo a chicos y hombres grandes a leer, a escribir y las cuatro operaciones matemáticas.

Su aula era el Aula Alberdi, y en esos tiempos parece que era un tema de importancia definitoria bajo qué amparo los jóvenes emprendían el viaje del saber. Y ahí iba mi bobe, rusa nacida en Podolsky y argentina de Santa Fe, con su retrato de Alberdi bajo el brazo y la determinación de colgarlo en el aula que le tocara en suerte. Y lo hacía con tanto empecinamiento que, según contó después, con un ligero rubor no exento de orgullo, más de una vez fue presentada como la señora Berta de Alberdi.

Mi bobe fue maestra en el tiempo en que las maestras recordaban la cara y el nombre de sus alumnos muchos años después, cuando eran hombres y la paraban por la calle para saludarla y la llamaban, desde la memoria, señorita Berta. Fue maestra cuando construían barrios para las maestras, y con un sueldo de maestra rural pudo tomar un crédito en el Banco Hipotecario Nacional, y construir la casa donde años después falleció la noche en que fui al cine Candilejas a ver Mafalda. Por esas casualidades de un azar juguetón, la casa de mi bobe, con su librería/mercería Ros-Nie en el cuartito que daba a la calle, quedó casi en la esquina de Rondeau y adivinen qué. Sí. Rondeau y Alberdi.

Cuando estuve en edad de comenzar la escuela, mi bobe decidió inscribirme en una tradición familiar que ella misma inauguró: empezó a comprarme el Billiken. Porque seguro me iba a ayudar cuando necesitara recortar figuras y datos útiles para pegar en la carpeta.

Obsesivo ya de chico, me negué durante toda la primaria a trozar las revistas para ilustrar los deberes sobre el 25 de Mayo, el 9 de Julio, el Día de la Raza o el Primer Ttriunvirato. Siempre vino a salvarme la librería de mi bobe, con sus figuritas de Belgrano, Saavedra y la Primera Junta, San Martín envuelto en la bandera, o el frente de la Casita de Tucumán (que algún día los porteños aprenderán que se llama Casa Histórica).

De esa misma librería saqué mis primeros cartones de dibujo, que eran los que venían como base de los blocks de mapas. Aprendí a llevar un riguroso escrutinio de cuántos faltaban venderse para terminar el block y hacerme con el preciado cartón gris oscuro, verdadero privilegio para un amateur en su infancia.

De los rollos de cinta al bies que mi bobe vendía, me regalaba el cartucho con un rollo de papel simétrico a la cinta que sobre él se enrollaba. Y ahí fueron mis primeras historietas.

Mi bobe me regaló la libreta de ahorro y me compraba estampillas para pegarlas. Mientras lavaba la ropa me enseñó el Himno a Sarmiento, única canción que encontró a mano. Me abrió las matemáticas antes de tiempo. Contrabandeaba material para meterme más temprano que tarde en el conocimiento y sus reglas para enfrentar al mundo. Me rodeó de nombres que después vi en calles y escuché en actos de la escuela. Puso una escarapela en mi campera en cada día patrio. Me hizo pariente lejano de Alberdi y me enseñó a querer a Sarmiento más de lo que la ideología trató de hacerme odiarlo. Me dio a conocer que en el campo, cerca de los molederos de azúcar, había gente haciendo circular saberes con los que enfrentar las leyendas del miedo.

Cada vez que viajo en ómnibus por los caminos que recorren el fatigado espinazo de esta patria, y veo en medio de la ruta el cadáver de lo que fue una escuela, vuelve a mi corazón esta testaruda inmigrante viajando por las aulas con el retrato de su prócer a cuestas.

De su presencia sólida y tranquila, que mezcló en la misma olla las tradiciones judías con los primeros rudimentos de la enseñanza laica, seguramente abrevaron las viñetas de este libro, y el placer de seguir dibujando.

Y esto es todo lo que sé de historia argentina.

    Bernardo Erlich

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    Tira y Afloja, Clarín. Revista VIVA.

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