El día de mis muertos
Hay días en que vienen mis muertos. Me llenan las sillas, me habitan los sentidos, ocupan todo. Los presiento en el umbral de la memoria, y cuando quiero rajarme ya no puedo.
Mis muertos no amenazan con venir; mis muertos no amenazan. Se descuelgan de a uno, cuidando no golpear al de adelante ni causarle molestias al de atrás. Pero vienen todos de una vez y se quedan un día por lo menos. Y ese día no logro hacer ya nada. Se apiñan en espacios imposibles, me miran con sus caras lisas, no es posible caminar sin tocarlos y eso al final me hace peor.
El día en que mis muertos me visitan es un día perdido por inmóvil. Adonde miro encuentro alguno, mudo y expectante. Ya probé con preguntarles cosas, pero ellos no contestan. Se quedan parados y muy quietos cambiando el peso específico del aire, sacándole hasta la última pluma de deseo, y hay que respirar tan despacio que al final me termino por dormir.
Es lo mejor que puede sucederme el día en que mis muertos vienen a la casa.
Entrar en la espesura del sueño deslizándome en un aire pesado, por el que volveré a la superficie recién al caer la noche. Y a esa hora mis muertos ya se han ido. Han vuelto al doble fondo de la vida del que uno nada sabe y ojalá no sepa.
Mis muertos se van cuando el cielo es otra cosa, y me dejan la casa más vacía que nunca.
Mayo de 2004