Mentes sucias

Los Jueves Santos por Málaga hay niños vestidos de legionarios y con tambor que tararean el Novio de la Muerte, esa copla que la Legión tiene por himno, pese a que no la cantara la Piquer. No conozco a nadie que haya organizado conferencias sobre las metáforas de la canción ni sobremesas dedicadas a saber qué suerte araña con zarpa de fiera al corazón del buen legionario. Es el himno de unos soldados que están dispuestos a abrazar a la muerte para defendernos. Benditos sean. Además del Jueves Santo, hay otra gran cita legionaria con los civiles españoles: los 101 kilómetros de la Legión en la Sierra de Ronda, carrera de ultrafondo cuyos dorsales se agotan en horas. Al acabar la gesta, casi arrastrándose algunos, siempre hay un legionario en meta que, al imponer la medalla de barro que acredita la llegada, el ya popular ladrillo, dice “Con dos cojones”. En ese momento, se saltan las lágrimas a progres, rancios, ejecutivos y fontaneros. A amas de casa y a creativas de publicidad, que de todo hay y, cada vez, más mujeres.

Algunos de los soldados esta semana han tenido la idea de visitar a los niños ingresados en la planta de oncología del Materno Infantil en honor a un teniente fallecido. “Misión hospitalaria Teniente Remón” denominaron a esas horas en las que hubo cántico del himno en la ludoteca del hospital, donde repartieron camisetas y cabritas de peluche. Al día siguiente, el grupo de Izquierda Unida en el Parlamento andaluz registró una pregunta al consejero de Salud por haber permitido un acto que “No respeta la libertad religiosa ni el estado en que se encuentran estos niños y sus padres”. No ha habido ninguna queja de los padres, que agradecen cualquier entretenimiento para unos niños en un trance delicado. Curiosamente, hemos incorporado al lenguaje lo de “la batalla contra el cáncer” pero los parlamentarios de Izquierda Unida deben de creer que los niños más fuertes, los que soportan las sondas y la quimio con entereza, se pueden venir abajo por escuchar a unos legionarios cantar un himno que ya va asociado a su ciudad. Málaga la roja, por cierto, la que resistió a unas tropas que ahora recibe en masa, pese a que el Ayuntamiento de Madrid le quite la calle a Millán Astray, fundador del cuerpo. Porque lo de la memoria histórica está mucho más en la mente de los políticos que en un pueblo y gente en cuyo nombre suelen hablar los que no se han percatado de que se puede cantar La Novia de la Muerte con alegría, gente de toda condición, ideología y partido.

Preocupa que haya una izquierda que considere traumático que unos niños aplaudan a soldados. ¿Quiénes se cree que nos van a defender? ¿Una asamblea de okupas pidiendo el reagrupamiento de los presos etarras? ¿Un círculo de los que piden solidaridad con los cobardes de Alsasua? ¿Los dirigentes que aplauden que les perdonen la vida los etarras que mataban por la espalda y asesinaron a niños? Afortunadamente, no faltan adolescentes que quieren ingresar en el Ejército. Tienen claro para qué y por qué. Ignoro lo que tienen en la cabeza los que se empeñan en adivinar sucios pensamientos en gente que disfruta viendo desfilar a los legionarios. Los extremos se acaban tocando. Aquellos curas de hace décadas alertando a las niñas sobre los peligros de los hombres y algunas feministas de última ola que los ve como agresores en potencia siempre. Ahora estos con fantasías de soldados mientras unos niños cantan el himno. Ojalá acaben bien esa carrera de fondo contra el cáncer. Con dos. Ovarios. Huevos. Lo que sea. Con más entereza de lo que les suponen los de Izquierda Unida. Esos que siempre nos quieren ver como necesitados de su protección, pero nunca de la del Ejército, parece ser. O de uno mismo con su mecanismo.

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