Trump y Andalucía

Descuiden, que aquí no va una historia sobre cómo un día Trump, bajando por el Albaicín, decidió preguntar dónde podía comprar una guitarra ni tampoco sobre una noche en la que Melania se desmelenó en una discoteca de Banús. No tenemos constancia. Aquí sólo contaremos cómo existe cierta hipocresía por los desmanes de Trump que pueden convertir a su país en una autocracia. En este artículo del Atlantic explican cómo se puede hacer. Y, ha sido leerlo, y que me sonaran cosas. Por ejemplo.

La identificación de todos los andaluces con la Andalucía del PSOE. Lo hemos visto desde hace décadas y quizás el momento cumbre llegó cuando un diputado nacional del PSOE, ex consejero de Educación, Manuel Pezzi, con esposa colocada por dos veces en consejos sociales de universidades, se envolvió en una bandera andaluza en el Congreso cuando desde la tribuna alguien criticaba la gestión de la Junta.

Lo han tenido siempre muy claro. Andalucía son ellos. Pero era mentira, por supuesto. Había miles de desafectos. Miles de andaluces que no tragaban la propaganda de las Andalucías imparables y que no se identificaban con la gestión juntera. Ese caldito de cultivo que ahora ha saltado de la olla con un médico de Urgencias de Granada, ciudad donde, por cierto, se ha visto siempre a la Junta de Sevilla con resquemor. Granada, empequeñecida por la autonomía. Granada, imán hace décadas de gente de toda España por su universidad. Y , en el PSOE, están estupefactos. Que no, que no se trata de que dimita toda la cúpula de la Consejería de Salud. Se ha destapado una olla que ningún partido de la oposición, por cierto, jamás pudo cocinar bien. Porque no se leían ni el BOJA.

Obras públicas y cursos para afines. El Atlantic aventura que el programa de TrumpWorks puede funcionar. En Andalucía lo ha hecho, claro que sí. Y se han hecho obras disparatadas como el tranvía de San Fernando, de Jaén y metros que nadie pedía. Las constructoras de siempre con las subcontratas de siempre con los liberados sindicales de siempre que cobraban por prevención de riesgos laborales, que he visto los convenios. Una paz estupenda. Y las subcontratas con “hijos de” que no salen en el portal de Transparencia. Que mira que es fácil engañarnos. Pero, más que eso, los cursos de formación. Nada ilegal, parece ser. Sólo miles de criaturas yendo a cursos de dudosa utilidad, donde se contrataba a profesores a veces de dudosa capacidad, empleados por empresarios de dudosa reputación. Miles. El clientelismo que puede buscar Trump, aqúí nos lo conocemos. La máquina funcionaba tan bien que, pese a las señales de humo continuas, nadie daba la voz de alarma. Patronal y sindicatos sellaban la paz de planes públicos regados de miles de millones en el Palacio de San Telmo. Mientras, los desafectos, andaban dejándose los cuernos en la actividad privada, sufriendo una maquinaria burocrática incapaz de haber sido imaginada por Kafka. En el artículo del Atlantic, se imaginan la escena de un Trump diciendo a un contratista: “Trabajas para mi, no me criticas”. Y en Andalucía se nos dibuja una sonrisa de ternura.

Nepotismo en la Administración. Creo que, años después, los tribunales de Justicia andan todavía pidiendo la lista de empleados en las empresas públicas de la Junta. Que no son públicas, son privadas. No podemos saber quién trabaja en ellas pero hagan la prueba de cruzar datos de nombres de agrupaciones del PSOE con empresas públicas en Linkedin. Porque algunos lo ponen. Tan panchos. Pero son privadas, como se encargó de decir la actual consejera de Educación, ex rectora de Málaga, sobre la Fundación de la Universidad que contrató a su yerno. Y la politización de la sanidad y de la educación. Concursos en los que se elige a afines que no pondrán problemas. E incluso algo más perverso: hacer la vista gorda a corruptelas de médicos — cobrar en efectivo en consultas privadas que no pueden tener por estar en régimen de exclusividad — porque así sabes que siempre estarán de tu lado. Y cada vez más miedo en la Administración a hablar o a denunciar.

Los medios de comunicación serviles. Ahora parece imposible, pero el Atlantic vaticina que, usando la regulación federal, Trump podría hacer que la prensa se le doblegara y llega a imaginar a un Jeff Bezzos tirando la toalla con el Washington Post y vendiéndolo a un grupo de inversores eslovacos que cierran la edición impresa y dedican la web a noticias de estilo de vida y locales. Aquí, no hace falta. Desde hace años tenemos a la publicidad institucional regando las páginas de la prensa. Sólo hay que ver los reportajes cuando se celebra Fitur en Madrid o la cantidad de veces que nos recuerdan a los andaluces lo chachi que somos para veranear por aquí. Sólo hay que ver quién patrocina foros de debate. Quién acude a ellos. En esos desayunos es donde mejor se aprecia la melé de políticos, directores de medios y contratistas. Estoy por invitar al autor del artículo del Atlantic. Le podemos contar incluso de aquella vez en la que Chaves y Griñán sentaron a Paco Rosell y a Javier Caraballo en el banquillo. Aquellos años.

Un Parlamento sumiso. Eso es lo más tierno del artículo del Atlantic. Cuando alerta de que el Congreso y el Senado, incluso ya con Obama, ha funcionado cada vez más como una máquina de los partidos, con pocos senadores y parlamentarios dispuestos a saltarse las consignas. Lo absolutamente normal en Andalucía desde hace décadas. Y en Madrid, de paso.

Pobres agradecidos en la televisión. La revista estadounidense habla de cómo Hugo Chávez sacaba en la tele a venezolanos llorosos recibiendo casas y televisiones y de cómo hemos empezado a ver algo de eso con Trump, con los trabajadores de Carrier agradecidos por la no deslocalización en México. ¿Cuántas fotos hemos visto de Susana Díaz en residencias de ancianos? ¿Alguien lleva la cuenta? ¿Cuántas veces en Canal Sur hablando de “la heeeente”? ¿Queda alguna señora a la que no haya abrazado?

Y todo esto que les cuento, pagado, entre otras cosas, con el impuesto de sucesiones más alto de España. Los ricos que arrimen el hombro para con la heeente. Y familias con emigrantes muy formados por todo el mundo porque, para ellos, Andalucía es bastante erial. Trump hace una barbaridad al poner trabas a las personas con más talento del mundo que siempre han visto en EEUU el faro del progreso científico y tecnológico. De aquí, muchos se van.

Autocracia, dicen en el Atlantic. Que resuciten el reporterismo de viajes y le explicamos aquí cómo se forja una.

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