La hamburguesa con salsa de piña.

La presentación no era buena; sobre todo, si estaba enojado porque al de la cocina se le olvidó poner nuestra orden en la lista a cocinar. Esperamos horas.

Lo que era lo que le daba el sabor muy bueno era su salsa. Ni tan picosa insoportable, ni tan ácida. Se escurría por todos los bordes, haciendo la presentación aún un poco más extraña; no sé si para bien o mal, solo visualmente extravagante. ¿Pero qué importa? Sabía peculiarmente a caricia. Logró embarrarme totalmente las manos, boca y barba; digo esto, porque me incomoda mucho comer y sentirme sucio todo; ha de ser porque para lo bueno hay que ensuciarse. No sé, estoy desde niño traumado, supongo. Así como con el rechazo a los sapos o sentirme encerrado. Y tú no te burles, porque te dan asco los pelos en la comida.

La vida me ha enseñado muchísimas cosas; enfáticamente en los últimos 10 años. ¿Será la vida o las personas que me acompañan en ellas? Miro el reloj y me dice que se me hace tarde. Siempre se me hace tarde y cada una de esas veces llego temprano. Menos cuando no.

Lo que quiero decir es que la vida me ha sabido a muchas cosas. Recuerdo una vez en que me supo a leche descompuesta. También recuerdo haber intentado haberle puesto chocolate y que terminara sabiendo a mondongo. Qué imbécil, porque mejor hubiera cambiado el vaso. Como si fuera tan sencillo.

Tantos sabores me han dado muchas experiencias, que me han dado la oportunidad de seguir probando y mezclar más y más. Eso sí, no vuelvo a mezclar vodka y cerveza. ¿O era vodka y ron? En realidad no recuerdo. Lo que sí, es que estoy muy seguro que el amor es un sabor cambiante, pero completamente hogareño; nose compra, se hace. A la receta de la abuela o tú experimentando con la alacena. Me gusta cocinar contigo.

Tu amor es exactamente como la hamburguesa con esa salsa mágica.

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