La bolita de canela

Sena era una perrita bóxer que llegó a mi casa con 40 días. Yo tenía 13 años. Parecía una bolita de canela con la cabeza ahuevada. Su aliento olía como la boca del inferno. A veces pienso que el aliento de los cachorros y las ventosidades de los perros están diseñados de forma tan nauseabunda para recordarnos que son seres de carne y hueso y no ángeles cuadrípedos que han aparecido en nuestras vidas para mejorarlas.

Los primeros días, Sena tenía miedo hasta de su propia sombra. Era muy pequeña. Recién destetada. Se apartaba cuando la ibas a acariciar así que durante una semana pensé que esa perra jamás me querría. Y dudé de si yo la podría querer, imbécil de mí. La llamaba “La Autista”. “Papá, la perra es autista”. Sena lloraba y lloraba todas las noches en la cocina porque echaba de menos a su madre y a sus hermanos. No hay nada más desgarrador que el llanto de un cachorrito del tamaño de tu pie izquierdo. Para que se acostumbrase a su nueva situación, la veterinaria nos aconsejó no acudir a calmar sus penas, pero yo fui incapaz. Una noche fui a la cocina y me quedé dormida sentada tipo indio, con la espalda apoyada en la pared y la perrita diminuta entre mis piernas. Desde ese momento Sena me empezó a seguir por toda la casa. Con sus pequeñas patitas, su cuerpo rechoncho y su alientito infernal. Y jugaba conmigo clavándome esos dientitos que parecían alfileres y mirándome así como de lado, con cara de diablillo. Qué mona era.

Sena se convirtió en una adulta preciosa. Fue un regalo que unos amigos le hicieron a mi padre, pero resulta que los padres de mi ex bolita de canela eran campeones de fuerza y de belleza de la Comunidad Valenciana o algo así. Así que Sena era como una Miss España canina, hija de campeones. Tenía la planta de una triunfadora. Era buena como el pan pero su aspecto hacía que los vecinos que no la conocían no quisieran subirse al ascensor con nosotras.

Una vez nos quedamos a cargo de la perrita de unos amigos durante un fin de semana. Era una perrita de refugio, miedosa, despeluchada y que le tenía pavor a Sena. Así que la perrita en cuestión se negaba a salir a la terraza, porque allí estaba Sena y, por tanto, se negaba a probar bocado de su comida. Cuando mis padres y yo terminamos de comer, le sacamos a Sena unas deliciosas sobras de pollo. Sena cogió algunos de los huesecitos, los metió en casa, los dejó en el salón y ella se fue a la cocina. Así que la perra miedosa cogió los huesines y los devoró. Es decir, que Sena, conscientemente, había decidido alimentar a ese bichejo despeluchado que no hacía más que enseñarle los dientes cuando la tenía cerca. Era una perra muy buena.

A los 18 años me fui a vivir a Madrid. Y un año más tarde, mis padres se divorciaron. Sena se quedó con mi madre y mi padre iba a pasearla y a estar con ella los fines de semana. Custodia compartida. Un fin de semana que estaba de visita en Valencia mi madre me dijo que había descubierto algo. Dijo “Sena, busca a la niña” y Sena puso su cabeza en mi regazo. Después mi madre dijo “No, la niña, ¿dónde está la niña?”. Y Sena subió las escaleras de nuestro dúplex y fue hasta mi habitación. Mientras Sena vivió, mi madre solía mandar a mi perra a modo despertador a mi cuarto. Después mi madre dijo: “¿Dónde está Javi? Busca a Javi”. Y buscando a mi padre Sena fue hasta la puerta de casa y se quedó sentada, esperando. “Fíjate, qué rápido ha aprendido que tu padre ya no vive aquí”. Era una perra lista.

Dicen que los bóxer son perros terapéuticos. Aparentemente, son ideales para estar con niños pequeños, porque nunca se cansan y tienen una paciencia infinita. Pero también los recomiendan para personas con Síndrome de Down o personas que están pasando por una depresión. Tras el divorcio, mi madre tuvo lo que se suele llamar en lenguaje común “una depresión de caballo” y Sena la seguía y la calmaba por toda la casa. Un día, mi madre estaba en el sofá, más triste que nadie en el mundo, y la perrita le puso la cabeza sobre las piernas y lanzó un hondo suspiro. Un suspiro a lo Madame Bovary. Un suspiro épico. Mi madre se echó a reír, le acarició la cabeza y dijo “Ay, Senita, si es que eres la única que me comprende”.

Sena murió mientras yo estaba de Erasmus en Lisboa. Tardó tres días. No era especialmente mayor pero los bóxer no suelen ser muy longevos. Se puso mala de repente. Y no hubo tratamiento posible para poder curarla, aunque lo probamos todo. El último recuerdo que tengo que ella fue a través de Skype, cuando mi madre me la puso y yo la llamé por su nombre y pude ver cómo se levantaba su cabecita y sus orejas, alerta, pensando que quizás estaba por allí.

Hay días, como hoy, que justo antes de despertar, en ese período en el que no estás ni dormido ni despierto, me parece escuchar su respiración de sabueso por debajo de la puerta, como cuando mi madre la mandaba a hacer de despertador. Entonces me pasa una cosa muy tonta, que es ponerme contentísima por unos segundos hasta que me doy cuenta de que no es real. Que ni estoy en mi habitación de Valencia, ni tengo 17 años, ni la perrita está aquí. Yo, que hablo como un camionero después de siete cervezas, llamo a eso “uno de los putadones de la mente”, como cuando sueñas con un ex o te despiertas pensando que es sábado pero en realidad es lunes.

Cada vez que veo a un bóxer por la calle pienso en Sena. Y si me paro, que es lo más habitual, siempre se te suben encima, te llenan de babas, te manchan la ropa, te lamen las manos. Y ves a sus dueños apuradísimos, excusándose como pueden, intentando controlar ese descontrol desbordante de alegría tan característico de esa raza. Y siempre digo lo mismo: “No te preocupes, no pasa nada, si la mía era igual”. Exactamente igual.

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