Para muestra, un botón
Para ser completamente honestos esto se veía venir. Quizás no de una manera evidente, pero en toda historia siempre puedes encontrar determinados indicios que te terminan llevando al inevitable desenlace. Y, por ejemplo, a Pepe siempre le gustaron las mujeres rechonchas. Primera señal. “Que tengan donde agarrar”, decía. Le gustaban las curvas, las redondeces, las circularidades y las simetrías. Dos buenas tetas, no tanto ya por grandes sino por idénticas. Dos bolas, operadas o naturales, que pareciesen dos pelotas de playa. El tamaño daba igual. A Pepe le gustaba de lo lindo una buena barriga. Pero barriga bien. Barriga tersa. Como si estuviera embarazada pero sin estarlo. Una vez estuvo con una mujer que ni fu ni fa. Madura. Qué coño, vieja. Vieja y canosa. Y Pepe está de muy buen ver. Total, que en aquel viaje por la costa de Portugal la señorona se puso un bañador y parecía que estuviera de ocho meses. Menudo barrigón. “Es que tengo problemas de estreñimiento desde hace años”. Vamos, que estaba rellena de mierda esa señora y a Pepe le volvía loco acurrucarse en su tersa barrigota fecal. Le preparaba agua con limón. Todo el día. Con lo que estriñe. Ya ves tú la tontería. Pues fueron bastante felices aquella época.
El caso es que Pepe llevaba unos años solo. “Estoy en el mejor momento de mi vida”, repetía continuamente. Igual hasta llegó a creérselo. Se gastaba, qué se yo, 500 euros en abrigos carísimos. Tenía como trece o catorce abrigos, todos puestos en filita. Pero luego siempre llevaba el mismo. Un buen abrigo de persona de cincuenta años que es lo que era él. Buen corte. Azul marino, abotonado hasta el cuello. Los botones dorados, como de marinero. Y la joya de la corona, su botoncito a la altura del corazón. Enorme, redondo, dorado. Cada vez que se ponía nervioso acariciaba el botón, como si le estuviera dando fuerzas.
Empezó a llevar el abrigo a reuniones. “No, que estoy destemplao”. Y no se quitaba el abrigo ni aunque estuviéramos a 30 grados. ¿Que le tocaba despedir a alguien? Abrigazo y toquecito al botón. ¿Reunión con la junta directiva? Abrigazo y toquecito al botón. La cosa se empezó a ir de madre. Claro, cuando pasan cosas así la gente comenta. Un chico de contabilidad dice que se lo encontró un día en el baño, de pie, tocando el botoncito. Y dice que cuando Pepe se dio cuenta de que estaba ahí se puso rojísimo. Como si le hubieran pillado follándose a un perro o algo.
La gente decía que eran cosas de viejo excéntrico. Su abrigo, la manía del botón, que sería como una especie de ritual. Superstición. Pero es que había algo más. Pasaba sus deditos alrededor del botón y se le veía la cara de imbécil. De colegial. Había desarrollado una relación rara con ese botón. No era capaz de ir a ningún sitio sin él.
Una vez le pillé. Bueno, pillarle sería mucho decir. Estaba en un restaurante. De los caros. Se le veía a través de la ventana. Y quien no le conociera de nada pensaría que todo era normal. Mesa para dos. Él sentado disfrutando de una copa de tinto y en la silla de delante, su abrigo. Con el botón. Y quizás parecía que era una persona normal disfrutando de una noche especial, sin molestias, pero cómo miraba al botón. Que estaba ya dado de sí, claro, de tanto toqueteo. Aquello era una cita. Se lo conté a mi pareja de aquel entonces y me dijo “pero qué gilipollez me estás contando”. Normal.
Un día teníamos reunión con los japoneses y aparece Pepe con su abrigo. Se sienta. Papeles para arriba, informes para abajo. Que si un té, mucha palmadita en la espalda y esas cosas. Salimos de la reunión y estoy poniéndome al día y le digo “Uy, Pepe, se te ha caído el botón”. Se puso blanco, llevándose la mano al pecho. “El.. el botón”, dice balbuceando. Yo veo que se va a caer redondo de un momento a otro. “Tranquilo, Pepe, siéntate y ahora lo busco, tiene que estar en la sala de reuniones”. El cabrón me tuvo a gatas hasta las doce de la noche buscando el puto botón, que no aparecía. Y él con un disgusto. Que si el botón es importantísimo, que si no lo entiendes, que si para ti esto es una tontería. Y yo: “mira, Pepe, déjate de historias, que es un puto botón, mañana te compras entro”. Y se me echó a llorar.
A las 12 de la noche entra en razón y me dice “déjalo, lo he entendido”. “Se ha ido”, me dice.
Al día siguiente vino con vaqueros y camisa. Todos “uy, Pepe, qué primaveral”. A mi me dio pena. Estaba como muy tristón. Y ya son muchos años trabajando juntos y yo no soy nadie para juzgar las vidas de la gente. El caso es que me fui a una mercería, busqué un botón que se le pareciera un poco y un día se lo dejé en su despacho, así como si nada.
Ahora tiene otro humor. Está más contento. Ya no lleva ese abrigo zarrapastroso ni nada. Y en las reuniones, yo que me he fijado, cada vez que se pone tenso se lleva la manita al bolsillo derecho. Yo creo que tiene ahí el botón. Que él piensa que es el botón de siempre, que ha vuelto, pero yo sé que es otro botón.
Qué tontos pueden ser algunos hombres.