Tambor

Tambor era un bicho peludo de cuatro patas. Un hámster. Creo recordar que era del color de la mantequilla cuando se queda demasiado tiempo sobre la mesa del desayuno, pero podría ser mentira. El caso es que Tambor no imaginaba que era un experimento. Yo tendría unos seis años y las dos únicas cosas que quería en el mundo era llevar las uñas pintadas de purpurina y un perro. Mis padres me regalaron un hámster.

“No puedes tener un perro, es demasiada responsabilidad y no sabemos si eres capaz de cuidar de otro ser vivo: toma un hámster”. Acepté porque era chiquitito y tenía bigotes y manos como de persona que trama algo.

El caso es que pronto me olvidé de ese maquiavélico plan utilitarista de la responsabilidad para alcanzar una meta que me propusieron mis padres y Tambor dejó de convertirse en un medio y se transformó en un fin. Le quería. Me levantaba por las mañanas y le ponía su comida y una hoja de lechuga pocha y un poquito de agua. Y me iba al colegio y al volver lo sacaba de su jaula y le creaba un universo de fantasía formando un laberinto con las cintas VHS para que se divirtiera. Tambor era rápido y listo y correteaba por el laberinto con decisión. Era un gran hámster, las cosas como son.

Éramos felices, Tambor y yo. Quiero pensar que él también lo era. Con mis muñecas era sencillamente un invitado más. Pero al contrario que todas aquellas muchachas de plástico y medidas 90–60–90, él contaba con el libre albedrío, él podía crear su propia historia exactamente igual que la creaba yo. Éramos un equipo. Yo las peinaba. Él les mordía los pies.

Un día tomé una terrible decisión. Les dije a mis padres que ya había demostrado responsabilidad y madurez sufiente y que Tambor estaba muy solo. Les dije que fuéramos a la tienda de animales y le comprásemos una novia. Una hamstercita que fuera tan simpática como él, con sus bigotitos y su poner las manitas así, como si tuviera en mente un plan de dominar el mundo. Y mis padres, viéndome tan responsable y tan solidaria con el devenir de Tambor, accedieron.

Llegó la hamstercita. Era blanca como la leche y de ojos negros. Parecía una rata. Y tenía alma de rata. La primera vez que la saqué para presentarle a Tambor, la muy rancia me mordió en el dedo y me hizo sangre, así que la bauticé como Úrsula. Úrsula era una hija de Satanás. Por la noche se ponía farruca en la jaula común y martirizaba a Tambor. Mi pobre Tambor.

Sin saber cómo, Úrsula se quedó preñada. Digo sin saber cómo cuando es evidente cómo pasó, pero yo tenía seis años. Entonces Úrsula se volvió más fiera y trataba todavía peor a Tambor. Tan mal pintaba aquello que tuvimos que ponerles en jaulas separadas.

A los pocos días de separarlos, Tambor murió. Me levanté una mañana y estaba tieso como un saltamontes. Sus manitas hacia el cielo, pidiendo clemencia. Yo siempre pensé que fue cosa de Úrsula. Y lo sigo pensando. Creo que ella le dió un susto y a él se le paró el corazón. No recuerdo un gran funeral ni ninguna ceremonia. Creo que mi padre lo tiró por el retrete.

Úrsula tuvo bebés. El ciclo de la vida. Nueve criaturitas rosas y transparentes, con un único dientito diminuto en la boca. Como todavía no podía dinstinguir a unos de otros, les puse a todos Tambor en honor a su padre fallecido. Los cogí, fue mi error, los cogí para tocarles y ver cómo de pequeñitos eran. Eran como mi meñique. El caso es que poco a poco empezaron a desaparecer y yo no entendía nada. Hasta descubrir, horrorizada, que la hija de Satanás que tenían por madre se los estaba comiendo. Aquello fue un drama, porque yo era en parte responsable de sus muertes, pero, ¿cómo iba a pensar que un acto tan amoroso por mi parte iba a desembocar en semejante catástrofe?

Los pequeñines desaparecieron y solo quedó Úrsula. A la que yo alimentaba por las mañanas pero no le daba la lechuga pocha, por razones evidentes. Un día se murió y me pareció bien que se muriera. A fin de cuentas, solo había traído desgracias a esta familia.

Lo que pienso ahora es que en la inocencia de mis seis años jugué a ser dios. Tambor sí que fue un experimento, a fin de cuentas, pero un experimento social. Le obligué a seguir las pautas establecidas. Las normas que le convertirían en un hámster normal y de provecho. Le busqué novia, le hice soportar su nueva vida conyugal, le hice pasar por un terrible divorcio y luego le maté. Le empujé a llevar una vida que seguramente él no deseaba, porque él era feliz correteando entre las cintas de VHS y mordiéndole los pies a mis Barbie.

A menudo nos vemos abocados a llevar vidas que no queremos. Vidas impuestas. Creo que en psicología eso se denomina tener la identidad hipotecada. Fue lo que hice con Tambor. Y pensándolo bien, también con la capulla de Úrsula. Fui el cuñado que siempre pregunta si sigues soltera. El padre que dice que por qué no echas el currículum en la empresa de un colega. La madre que dice que tienes que sonreír más para gustar a la gente. Fui toda esa gente que te dice que sabe lo que es mejor para ti. Cuando a veces tú estás en un punto de tu vida en el que no necesitas nada más que un salón y un montón de películas.

Lo siento, Tambor, fuiste un magnífico hámster.