Fobia al teléfono

Soy de esas personas que padecen fobia a hablar por teléfono; lo cual representa un problema serio, toda vez que en mi puesto es sustancial ocuparse de los clientes de la empresa. Procuro resolverlo todo por correo electrónico, pero este medio, escueto y siempre a las prisas, nunca resuelve por completo las necesidades de comunicación. He encontrado métodos para evitar pasmarme cuando sobreviene la voz del otro lado del auricular [que responda la contestadora es un alivio y no, porque a veces la urgencia amerita dejar un mensaje en el que a la fobia se suma la sensación de ridículo]. Me ha resultado esbozar un guion el cual, si bien deriva en una enunciación más bien acartonada, permite resolver con mayor precisión las dudas. No obstante, la conversación siempre toma sus propios cauces y es ineludible acabar improvisando. Pese a todo, insisto, he confirmado que ninguno de los medios de comunicación electrónica es tan efectivo como la comunicación oral [salvo con una clienta que tiene la mala costumbre de volver sobre lo mismo, hasta que recurro al guion y extraigo la condición que detiene el bucle]. La conjetura me aflige cuando especulo que mi última relación amorosa fracasó, en gran medida, porque nunca nos llamábamos por teléfono. No me atreví a marcarle más que para resolver cuestiones logísticas, aunque menos por mi fobia al teléfono que por el deseo de no parecer asediador. En cualquier caso tampoco me llamó jamás: nuestra comunicación se redujo a la mensajería instantánea; atropellada, dispersa y tediosa. Ahora lamento no haber realizado llamadas espontáneas donde nos pusiéramos a hablar de cualquier cosa, pues con cualquier cosa se puede llegar a construir un sistema de bromas, referencias y dinámicas compartidas. Recuerdo un amor precoz, de tiempos en los que no había internet en casa, en el que nos llamábamos por teléfono ¡a nuestras respectivas casas! Hoy en día me parece inconcebible llamar a una línea telefónica doméstica, ante la incertidumbre de quién va a responder. Peor aún, si mis intenciones son corteses. Aparentemente en aquel entonces lo hacía sin vacilar –o quizá esté sometiendo la memoria a las necesidades de esta reflexión. Aun así, no tenía de otra que ruborizarme un poco y superar el miedo, y qué emocionante debió ser esperar esa llamada de las cinco de la tarde y tomarnos el tiempo de contarnos nuestro día y pasar a cualquier cosa hasta que se nos sobrecalentara la oreja, en cuyo caso sólo había que cambiar de lado el auricular. En algún momento había que colgar y se terminaba la comunicación hasta el día siguiente en la escuela donde, por cierto, nos resultaba más difícil conversar; entonces podíamos dedicar tiempo a pensar en el otro, en la charla concluida y ensayar lo que nos diríamos en nuestra próxima cita telefónica –tal vez armar un guion–, en lugar de, como sucede hoy en día, tenernos al alcance de la mano en todo momento, tan presentes que incomoda; dos puntos verdes en una pantalla, apremiados por encontrar qué estarse diciendo asiduamente, pero más por los silencios atroces que, en estas condiciones, se suelen interpretar como síntoma de disminución en el interés. En fin, me asigno en este momento el cometido de llamar a mis clientes antes que escribirles un e-mail, usar mis ratos libres para telefonear –mucho– a mis amigos, pero sobre todo, cuando me vuelva a enamorar, cerrar el chat de Facebook, el WhatsApp y usar el teléfono cada vez que se me antoje comunicarle… cualquier cosa.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Beto Espinosa’s story.