#SoyMachistaCuando

Esta Primavera Violeta, como la verdadera revolución que es, me está cimbrando y retando a reflexionar sobre lo que hay de machista en mí. Por supuesto, no me gusta lo que descubro. No es que quiera hacer aquí una expiación, pero considero que me corresponde compartir lo advertido con el fin de contribuir a que #MiPrimerAcoso sea un parte aguas de reconciliación y un paso más hacia un nuevo pacto social sin violencia de género.

Confieso que solía restarle importancia a la rabia y temor que expresaba alguna amiga ante los piropos callejeros. Creía que podía verse como cosa chusca y parte del argot callejero, que podría tomarse como halago !!! Me rehusaba, estúpidamente, a ver que los piropos o silbidos indeseados son una agresión, que son sinécdoque de la violencia que viven las mujeres, la misma que tiene como escalón más alto y repugnante, asesinarlas. Llegué a trivializar un agarrón de nalgas, razonando que a mí también me las han agarrado sin sentirme por ello agredido; pero claro, yo nunca me he sentido en riesgo de que me violen y mucho menos de que me asesinen por mi sexo. Tampoco debo considerar que mi éxito profesional se vea comprometido por los antojos sexuales o de flirteo de mis superiores. He usado expresiones como “feminazi”, “malcogida” o “qué nena eres”. También he juzgado como “afeminados” los gestos de algunos hombres que me parecen excesivamente histriónicos. Inclusive, alguna vez expresé molestia cuando una chica con la que retozaba en un borrachera desistió a medio camino. Por supuesto que debía (y lo hizo) mandarme a volar en cuanto quisiera; no obstante, la rabia que experimenté (y que espero haber disimulado un poco) no era sino la irritación de uno de mis machismos velados, del que ni siquiera estaba consciente: el de ser un hombre deseable y capaz de satisfacer a una mujer.

También solía ser escéptico del concepto de feminicidio; siguiendo el argumento pueril de que este nos obligaría a inventar su análogo para referirse al asesinato de hombres y que luego habría que clasificar todos los asesinatos en función a categorías y grupos sociales, hasta el absurdo. Ahora sé que si se habla de feminicidio no es sólo porque las víctimas sean mujeres, sino porque hacerlo revela una práctica criminal sistémica que no puede desasociarse del resto del espectro de violencia machista; que hay hombres que consideran a las mujeres su propiedad, al grado extremo de sentirse con el derecho de asesinarlas. Me aterra que ese impulso que me llevó a sentirme “estafado” en aquella infeliz borrachera partiera del mismo principio, como si ella me perteneciera durante ese momento, sólo por haber querido besarse conmigo.

Con razón me dijeron alguna vez que era medio macho, pero me sentí ofendido. Uno nunca reconoce ser machista, de la misma forma como no se reconocería racista o clasista aunque lo sea. Sin embargo, hay que hacer introspección y evaluar nuestras acciones y lenguaje con rigor y honestidad. Después de todo, nadie ha crecido en un entorno libre de hábitos, estructuras y prejuicios que proceden del modelo heteropatriarcal, los mismos que pueden concluir en la prerrogativa que sienten algunos hombres para manosear y hasta matar mujeres. Muchos de nosotros –hombres, mujeres, personas transgénero– tenemos machismos interiorizados; más peligrosos por ocultos. Están tan integrados a nuestro ser que suelen escapar el escrutinio de nuestra conciencia. Pero brotan súbitamente cuando nos enojamos, cuando bromeamos, cuando bebemos de más. Estos machismos perjudican nuestra forma de relacionarnos entre las personas; sea como amigos, colegas, pareja, conciudadanos. Además de dañar nuestras relaciones sociales los machismos afectan –aunque en menor medida que a mujeres y personas transgénero– también a los hombres; cuando nos deja caer desde pequeños una loza de expectativas: Tenemos que… pegarle fuerte al balón, saber pelear, cargar objetos pesados, tener un pene enorme, ganar mucho dinero, procrear, ser agresivos, proveer para la familia que se espera que formemos. No debemos, en cambio, jugar con juguetes o juegos “femeninos”, sentarnos con una pierna cruzada sobre la otra, ocuparnos de nuestra apariencia, manifestar fisicamente el afecto por nuestros amigos o familiares varones, amar o enamorarnos de otros hombres. Los hombres también morimos por el hecho de serlo. Pero no asesinados por mujeres, sino como consecuencia de machismos: en riñas estúpidas, realizando actos riesgosos para demostrar que no somos cobardes, participando en novatadas, cuando nos recluta el narco para hacer el trabajo sucio, cuando se nos emplea en trabajos pesados y de riesgo, cuando nos golpea más fuerte el policía porque aguantamos más, cuando nos reclutan y envían a la guerra.

Hoy decido dar el primer paso para conjurar mis machismos. No quiero que mi vida, decisiones y acciones se vean regidas por disposiciones machistas. Agradezco a las mujeres valientes que se están atreviendo a contar sus historias de agresión sexual, las cuales habían callado por tanto tiempo, esas historias que antes me parecían intrascendentes. Agradezco que nos hayan puesto a muchos y muchas a reflexionar y examinarnos. Creo que la mejor forma de corresponderles es reconociendo y contando nuestros machismos. Lamento muchísimo y me avergüenza que para que esto irrumpiera en la plaza pública por fin con la fuerza e importancia que merece, para que gente como yo nos desengañáramos, tuvieran que morir tantas mujeres, formando parte de una estadística nefanda que no tendría siquiera que existir.

@Betololoche

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.