La adaptación a la disrupción

Hay demasiados ejemplos de organizaciones que -por hacer lo que siempre hicieron muy bien- acabaron sin hacer nada, inmóviles y perplejas ante otras que llegaron a hacer las cosas, no simplemente mejor, sino con una visión incompatible a las reglas tradicionales de adaptación del mercado. Demasiados de esos ejemplos para tomar un puñado y usarlos como un «cautionary tale» en este momento.

Ya leímos la historia: el sapo al que le calientan gradualmente el agua en la olla. Tenemos millones de sapos, en miles de ollas en este preciso momento. Sabemos que la adaptación lenta va a matar a muchos de ellos. Muchos de esos sapos perecerán aferrados a que las cosas tienen que ser como siempre, otros tantos ganarán conciencia y esperarán el momento adecuado para empezar a planificar como saltar de la olla (aún no, porque no está tan caliente, piensan). Otros tantos están saltando. Algunos con rumbo y suerte, cayendo lejos del fuego; otros menos afortunados simplemente saltando a ciegas y convirtiéndose en carbón encendido.

Hay otro grupo que me parecen dignos de mencionar: Los que habiendo tomado conciencia del agua, de la temperatura, de la altura de la olla, comienzan a delinear un plan para convertirse en saltadores de ollas, con una estructura que les permita saltar ollas, con un director que apunte (desde dentro de la olla) hacia la meta del salto. Ese grupo, estoy convencido, va a morir, pero va a morir feliz por haber intentado saltar.

Sin haber dado un solo salto.

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