Lynda y “El Amor en los Tiempos del Cólera”
Fui una adolescente insufrible.
Más pequeña que la mayoría de mis compañeros, más ruidosa, más molona, más muchas cosas menos cosas buenas. Bailaba, cantaba, escribía cartas de amor, hacía dramas, siempre me apuntaba para los shows de la escuela y, si no recuerdo mal, hasta participaba en los equipos de deportes sin tener el más mínimo talento. Era INSUFRIBLE.
Lo único rescatable, quizás, del desastre que fue mi adolescencia era el hecho de que me gustaba leer. Mis papás tuvieron a bien nunca limitar lo que leía o mi manera de hacerlo así que la lectura fue una válvula de escape maravillosa para mi mente desatada y soñadora.
En la sala de nuestra casa había un gran librero que, además de los libros de mis papás, albergaba un equipo de sonido típico de los noventas que a mi papá le gustaba mucho y donde escuchamos algunos de los primeros CDs que tuvimos: uno de Santana me viene a la mente. Con el tiempo cada quien tenía sus discos de música preferida pero seguimos teniendo sólo un equipo de sonido así que había que compartir. Supongo que mis gustos musicales de puberta fueron razón suficiente para que aparecieran un par de audífonos en esta historia, aunque no recuerdo como ni cuando.
Así que yo me sentaba frente al librero, conectada con los auriculares al enorme estereo para escuchar mi música y leer las novelas que estaban en el librero. La mayor parte de mis lecturas de la época fueron clásicos que iban cayendo en mis manos, supongo que conforme crecía mi capacidad de entenderlos. Ahora que trato de recordar esos momentos, me inundan imágenes cliches de una niña terriblemente niña, con mi musiquita sentimentalona a todo volumen, tirada en el piso con la cabeza recargada en el librero y las piernas trepadas en una silla.
Eventualmente llegué a las novelas de García Márquez, que estaban en la parte inferior del librero y cuyos títulos me parecían raros para comenzar a leer. Recuerdo muy bien haber comenzado “El Amor en los Tiempos del Cólera” varias veces y haber desistido. No fue hasta después de haber leído “La Casa de los Espíritus” que volví a levantar a García Marquez para nunca volverlo a dejar.
Por alguna maldición del destino, mi gusto por la literatura latinoamericana no iba en paralelo con mis gustos musicales, y la novela de García Márquez fue acompañanada de mi sensación del momento: Lynda, una cantante de pop mexicana en los noventas. Hasta este día no puedo pensar en los barcos de vapor, en Florentino Ariza, en las mulas trepando montañas o las cartas de amor, sin escuchar el beatbox o los gritos de la tal Lynda.
Y hoy me he encontrado en You Tube el mismísimo album de pop que escuché cien mil veces, de las canciones de las que aún me sé la coreografía y cuyos coros no puedo separar de las historias de García Márquez. Hago click en “play” y el libro aparece en mis manos, con el peso de su historia, el piso frío bajo mi espalda y el punchis punchis de fondo que deja una sonrisa incontrolable.