“Soledad”.
Desde los matices de Drexler, hasta la semi-amarga textura del atardecer de un simple Domingo, apareces como reflejo involuntario y abrazas mi espalda, susurras que me amas, como antes de mi, amaste a Sabines, a Silvio, y me rodeas en todos lados, en el frío bosque o caluroso desierto y me besas.
Despierto el Martes por la noche, y sin antes confirmarlo sé que estás allí, a mi lado, durmiendo plácidamente, después de que cantase para ti el amplio repertorio de tinta sobre papel y cuerdas viejas resonando en un cajón de madera, que mi afligido espíritu dedicó a tu nombre.
El Jueves te siento sobre mi piel, rozar de formas desconocidas mi pecho, y me tomas y reclamas como tuyo, entonces olvido por un momento tu nombre, tu destino, y olvido presentarme aunque sé que desde hace tiempo me conoces, tomo tu afilada cadera y contrayendo el espacio entre mi cuerpo y el tuyo, te beso.
Enciendes el cigarrillo del Sábado y te quedas allí hasta que la colilla es aplastada por la suela de mi zapato, bebes el último trago de mi ya recurrente melancolía y me acompañas a casa, tus brazos rodean mi espalda y puedo sentirlo, tu aroma, ese que no percibí antes, y entonces me duermo.
Hoy Lunes, y hace un tiempo Viernes, te miré a los ojos y entendí que tenía que dejarte, un vacío absurdo en mi pecho apareció tan pronto como desapareció, me levanté de la mesa, sin siquiera esperar que terminases el café, y casi inaudible lo dije “Debo partir, dejarte por ahora, quizás vuelva a tus brazos, pero por ahora, es momento de decirte adiós, mi querida Soledad”.

