Caraluna

Mucha gente me anda preguntando, “¿por qué todavía tienes Caraluna en tus canciones?”

Además de ser una excelente canción, con la cual me identifico y que fue compuesta por un grupo asombroso, creo que la cosa tiene una explicación más profunda.

La primera vez que escuché esta canción yo debía tener al rededor de tres años. Por esos años yo no acumulaba muchos recuerdos o me preocupaba por muchas cosas.

Mi papá no tenía una buena situación económica y no teníamos carro, así que, normalmente, caminábamos calle arriba para llegar a la estación de servicio que se situaba en la entrada de la calle. Él fumaba, pero su situación era tan comprometedora que, a veces, le tocaba decidir entre comprarse cigarrillos o darme un chocolate. A veces se quedaba sin cigarrillos, pero yo nunca me quedaba sin mi chocolate. Me acuerdo perfectamente: un “Cri-Cri” o un chocolate de leche, pero siempre de la marca Savoy.

Caraluna estuvo de moda en Venezuela por años, y por eso es que, más o menos cuando tenía cinco años, comencé a relacionar esa canción con mi infancia. Estaba en la radio, en la televisión… en todos lados a los que fueras era posible escucharla. Cartoon Network pasaba a cada rato una versión animada de la canción, y yo nunca paré de cantarla, ni he parado de hacerlo. Caraluna, de alguna forma, se volvió el sello húmedo de muchos de mis buenos recuerdos.

Esto podrá parecer un cambio de tema muy extraño, pero no me acuerdo cuando fui a un mercado por primera vez. Me acuerdo, eso sí, de la primera vez que visité un Kromi Market, en Mañongo. Kromi era una novedad, al menos para mí. ¡Un supermercado que tenía de todo! Parque, cafetería, banco, estacionamiento, ¡y conseguías desde artículos para acampar hasta frutas! Kromi era un paraíso para la familia, un lugar al que era fino ir todos juntos, y por los parlantes más de una vez sonó Caraluna.

Los años pasaron y las cosas fueron cambiando. Es lamentable que en la vida de un ser humano tan pequeño haya entrado la política, pero la realidad es que, si la política no forma parte de tu vida en algún nivel, entonces no eres venezolano, o no estás en Venezuela. Hubo una vez en la que escuché decir a alguien que “le iba a echar política al café en vez de azúcar” y no lo entendí sino años después.

Caraluna dejó de sonar en las radios por allá por el año 2010, el mismo año en el que comencé a escribir. Se nombraba más a Chávez que a la misma familia de uno. Que si la corrupción, que si la delincuencia y la inseguridad, que si los millones que se robaban o los escándalos que creaban. Es posible que hablaran de eso desde años atrás, pero ahí comencé a caer en cuenta de que mi país no era igual a los demás. En mi país había un presidente malo, pero las cosas no eran tan malas.

Todos sabemos lo que sucedió después. Lo estamos viviendo, pero me parece que es importante marcar un antes y un después en las cosas para que entender cómo sucedieron, y aunque para la mayoría el “antes” fuera el año 1998, para mí era distinto.

Para mí las cosas cambiaron cuando Caraluna dejó de sonar en las radios. Llevaba ocho años transmitiéndose; era un clásico aquí en Venezuela. El que no haya escuchado Caraluna no estaba en nada o vivía en otro mundo. Caraluna era la felicidad de la Venezuela abundante. En el momento en que dejó de ser escuchada, comenzó la caída libre. Pudo haber comenzado en cualquier otro momento según expertos políticos, económicos y demás, pero para mí, ese fue el momento.

Comenzamos a odiarnos. Comenzamos a ser diariamente humillados, controlados, burlados y menospreciados. Nos han puesto por el suelo desde entonces y no podría sentirme más triste por ello. Sin embargo, hay cosas que logran hacerme recordar algo distinto, un sitio diferente. Vaya ironía, ¿no? Que vivo en el mismo lugar, la misma casa desde hace 12 años, pero si comparo la casa a la que llegué con la casa en que estoy sentada escribiendo esto, puedo notar todos los cambios.

El ambiente es más gris, la gente está más hostil. Es más pesado vivir y respirar. Ya no paso ni cerca de los supermercados a menos de que sea extremadamente necesario. Ya no salgo a la calle ni camino hasta la estación de servicio. Las comiquitas que veía de pequeña se terminaron hace años. Todo ha cambiado drásticamente, y aunque mi papá ya no tiene que decidir entre un cigarro y un chocolate (principalmente porque ya no fuma), no puedo evitar sentir una terrible nostalgia por lo que una vez fue el mejor país del mundo. Mi casa, pues.

Finalmente, tengo que aceptar que no puedo cambiar a mi país sino a mí misma y que no tengo una máquina del tiempo, pero, durante cuatro minutos y veintitrés segundos, puedo devolverme y recordar con una sonrisa -aunque sea sólo en mi imaginación- a ese país que, en medio de mi inocencia e infancia, era mi paraíso. Por eso es que Caraluna sigue en mis canciones, y nunca la voy a borrar.

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