El Cid Purépecha

Juan Carlos. Nacido y forjado en Nahuatzen, Michoacán. Pueblo Purépecha colindante con el municipio de Uruapan. Tierra aguacatera, alfarera y de muy buenas guitarras. Los Purépechas —imperaron todo Michoacán y partes de Guerrero y Guanajuato por ahí entre los siglos XV y XVI— siempre se caracterizaron por ser nobles, pero fuertes; aguerridos. A la fecha, todavía se leen historias de sus comunidades libres de narcotraficantes y malosos.

De orígenes humildes —no había mucha opción, es indígena, diríamos muchos— con 22 años al día de hoy. Estudia la carrera de ingeniería en sistemas computacionales. ¡Uy!, que mérito, aquí en Jalisco hay más ingenieros que en todo Irlanda (fuente: Mak Gutierrez a mi no me aleguen), ¿qué tiene de interesante?.

Bueno, básicamente, Juan Carlos estaba destinado a ser agricultor como su padre, y su abuelo y bisabuelo. Y no de esos hacendados de manos tersas y libres de callos, con comida siempre en la mesa. Agricultor de esos que mal venden su cosecha. Que brincan de la cama a las 4 y media de la mañana. Para el que estudiar es un lujo de pocos. Él no estaba destinado a ser ingeniero. O a usar una computadora. Ni a saber inglés. Ya no digamos a vivir en otro lado que no fuera con su familia.

Un día, Juan Carlos decidió que era tiempo de irse. Su curiosidad era más potente que sus ganas de seguir con tradiciones centenarias. Sus ganas de salir lo llevaron a conflictuar con su madre, Eréndira.

—Juan Carlos, ¿por qué te quieres ir?. Tú te tienes que casar con alguien de aquí, purépecha, de sangre. Quiero muchos nietos. Ya tienes 17 años y aún no tienes novia como tus primos. Lo único que sabes hacer es labrar la tierra como te ha enseñado tu padre durante todo este tiempo. No tienes oficio en otro lugar.

—Madre, yo quiero conocer otros lares y me iré con o sin su bendición.

Eréndira, iracunda, lo mandó con su padre. A ver si el viejo testarudo lo convencía.

Nuño lo vio llegar con el rostro desencajado. Sabía que algo no estaba bien, ya que Juan Carlos, siempre travieso y aventurero, sonreía ante todo y ante todos. Por lo que decidió llevarlo por su nieve de La Michoacana que tanto le gustaba.

—Juan Carlos, ¿qué te pasa?.

Juan Carlos lo volteó a ver a los ojos, a esos ojos duros, enclavados en sus orbitales y enmarcados por sus párpados caídos y no pudo más que llorar. Nuño, de ojos duros, pero corazón blando, lo abrazó y entendió que era el momento de dejarlo ir.

—Pero no regreses si no logras tu cometido. Le dijo, mientras caminaban lentamente de regreso a casa y pensaban como le iban a explicar a Eréndira. En buen problema se había metido Nuño.

El cielo pasó de azul marino a azul claro. Las estrellas se opacaban ante el destello naranja que pintaba como margen, las montañas al salir el sol. Con una sola maleta —era más el equipaje emocional— agradeció no tenerlo que documentar. Se subió al camión, pero no sabía si iba a regresar. Su destino: Jala, Nayarit. Allá lo esperaba su tío. Otro purépecha aventurero. Solo que él no había regresado aún. No había nunca podido cumplir su cometido. O quizá nunca tuvo uno. El solo quería salirse. Inconforme, no como Juan Carlos, que no niega su origen. Que orgullosamente se dice bilingüe sin hablar inglés. Que quiere brillar. Que tiene hambre.

Jala lo recibió con harto calor. No precisamente humano. Para él, acostumbrado a la templada y seca meseta Purépecha, fueron insoportables esos 33 grados centígrados que lo recibieron a las 11 de la mañana. Su tío, Anselmo, pasó a la central por él y lo llevó directo a que se inscribiera en el Instituto Tecnológico del Sur de Nayarit. Las clases ya iban a comenzar y había poca disponibilidad.

—Solamente tenemos un lugar en la ingeniería en sistemas computacionales. Tenemos cupo para 13 y hay 12 inscritos, dijo con su voz melodiosa la encargada de admisiones del Instituto.

—Pues a esa Juan Carlos. Ya me vas a poder ayudar a arreglar mi computadora de la oficina, dijo Anselmo.

Juan Carlos nunca había tocado una computadora en su vida. En Nahuatzen solo las había en la Presidencia Municipal. Así llegó a su primer clase. El profesor les pidió encender la computadora. Juan Carlos solo imitaba a sus compañeros. Presionó el botón de encendido. El profesor emitió otra instrucción: «abran el Word y apunten». A lo lejos, vio como otro compañero ponía el puntero en la letra «dobleu azul» y presionaba dos veces el botón del ratón. Comenzó el profesor a dictar. Juan Carlos, trató de seguir el ritmo, pero le fue imposible. Hizo a un lado el teclado, sacó su libreta y empezó a apuntar a la antigüita. Más tarde, en la noche, se regresaba al laboratorio y apuntaba todo, tecla por tecla, un dedo a la vez.

Hoy, Juan Carlos ya no escribe con un solo dedo. Sabe programar en 2 lenguajes y ya sabe como ensamblar sus propias computadoras. Pero aún no puede regresar. No ha logrado su cometido. Hoy ya habla español, purépecha y el inglés lo está aprendiendo. Utiliza un teléfono inteligente y Duolingo. Quiere poner una empresa de soporte técnico en sistemas junto con unos amigos. Ya encontró un mercado dispuesto a pagar por eso. No piensa aún en tener hijos. No tiene ni siquiera novia. Dice presumido, que en su carrera empezaron 13 y hoy quedan 6. Pero aún comienza y sabe que sus posibilidades ahora son ilimitadas. Llegué por casualidad y ahora la tecnología me abrio la mente.

Nos platica eso durante el festejo del Startup Weekend Puerto Vallarta. Su nombre fue cambiado, no por cuestiones de anonimato —sino por la mala memoria del autor— la historia de su viaje, la imaginé toda. Me gustaría toparme otra vez con “Juan Carlos” para que me contara la historia completa. Ese día, se tuvo que ir. El último camión a Jala ya había salido y tenia que conseguir donde dormir. A Juan Carlos, nada lo para. No tiene pretextos. El va a cumplir su cometido. Y regresará a Nahuatzen. Triunfante. Como el Cid a contar sus épicas batallas fuera de casa.

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