
La placa de mi papá.
Lo pensé mucho antes de decidir escribir esto. No crean que fue durante semanas o días. Lo pensé mucho al estar haciendo ejercicio hace unos momentos por las desoladas calles de Ciudad Granja —una zona de Zapopan de banquetas con Pirules y Jacarandas, de caminos empedrados. Fueron más o menos 60 minutos de darle vueltas en la cabeza, en parte, porque ya había gastado yo, una hora y media de mi tarde en otro borrador sobre el mismo tema. Pero por otro lado, lo pensé mucho más, porque nunca lo había meditado.
Como pueden ver en la imagen de cabecera, yo soy el niño de rayas al que mi mamá carga (y que al parecer había hecho algo malo, nada más vean los cuchillos que salían de la mirada de mi mamá). Los demás, mis hermanos Benjamín y Alberto; mis primos Armando y Nacho y mi hermana Marcela. Yo he de tener unos 3 o 4 años y medio (la cabeza de mi mamá no me deja determinarlo) y como podrán imaginarse, esa placa, es póstuma.
Mi papá, a quien no tuve el gusto de conocer, fue parte del proyecto para la construcción de la primera planta potabilizadora de Cajeme (Ciudad Obregón en Sonora). Dicen los que sabían, que le daba al pueblo la mejor agua potable del país. Vayan ustedes a saber si es cierto eso, pero con ese mantra crecí. ¿Qué puede hacer uno, simplísimo mortal, para darle a una comunidad la mejor agua potable del país?. Yo no soy ingeniero civil. A mi no me volteen a ver. ¿Pero entonces?. ¿Haciendo millones a como de lugar?. Lo dudo. ¿Cumplir con mi horario del trabajo puntualmente y sin tomar vacaciones por años?. Es un paso. Pero para mi, esa placa significa mi única herencia —si, al buen Ingeniero Terrazas, se le olvidó contratar un buen segurito o comprar unos petrobonos— más allá de su valor en peso, esa placa es un legado y un objetivo en mi vida. No el hecho de que develen una con mi nombre, pero si que a María e Inés, mis hijas, les quede como herencia (risa malévola) cuando yo me vaya, el objetivo de darle a su comunidad, la mejor agua potable del país. ¿Cómo?. Que ellas lo diluciden. Mi papá lo hizo en una zona desértica pero de atardeceres naranja y morado que reflejan en cielos aborregados. ¿Yo?, con un granito de arena y acompañado de otros locos, que quizá se identifiquen con esta historia que les acabo de relatar.
En Guadalajara, todas las semanas se juntan ese grupo de locos. No son amigos entre si. Ni siquiera se caen bien todos. Pero al parecer, también tienen una herencia. Dudo que sea la misma que la mía, pero también quieren una mejor ciudad. Lo que los une: la tecnología. Y no precisamente como un medio, sino como un fin. Es decir, no es que usen Whatsapp para platicar, pero quieren que el próximo caso de éxito de proyecto de negocios tecnológico, salga del que algunos conocen —no sin dejos de hiperbolismo— como el Silicon Valley de México.
Y, ¿cómo lo están haciendo?. Desde su trinchera. Desde lo que sus conocimientos y limitantes les permite, pero los forja. No cobran horas extra. De hecho la mayoría no cobra. Que digo, hasta le terminan poniendo. Y por eso les digo locos. Porque mucha gente, sobre todo, la que viene de fuera, lo piensa y lo dice. No creen que el hecho de que un grupo —de estos locos que tanto miento— pueda rentar una casa con sus propios recursos hace ya casi 5 años, equiparla, darle mantenimiento, recibir a la gente y juntarse a crear cosas.
—¿Y quién es el dueño?, me preguntan cuando los llevo de visita al Hacker Garage.
—Nadie, les respondo.
—Pero entonces, ¿quién se hace cargo?.
—Todos.
Y así empezó todo. Ahora, el Hacker Garage es casa de docenas de comunidades. ¿Y saben qué?, no les cobra. Si esas comunidades —de locos también— están dispuestos a organizar un Hackers and Founders, para 100 personas cada mes; llevarles cerveza, conseguir a los speakers y limpiar el lugar al terminar casi a las 11 de la noche, sin cobrar un solo centavo; para que la vida de esos emprendedores, apeste menos, el lugar, no se cobra. Yo por eso, decidí cumplir con mi herencia con ellos. Por eso, decidí perderme tardes y noches con mi familia. Llegar tarde a mis reuniones con amigos. Qué mejor manera de hacerlo, que aportando un granito de arena para que la gente aprenda. Para emparejar el terreno. Y no somos los únicos. Existen también los Makers GDL, los de Drone Project, los iTuesday, GDLJS, los Cabal, Geek Girls, Tech Women Comunity, los de Google, los hippies (con mucho cariño) de Social Valley y Socialab, los que se ponen una friega al organizar un Startup Weekend (los más grandes del hemisferio por dos años consecutivos) y muchas más comunidades que espero no se sientan, pero ya es tarde y la cama me habla*.
Yo se que la forma en la que hemos elegido dejar algo, no se acerca ni por poco al beneficio del agua potable, pero es la que disfrutamos y la que podemos. ¿Cuál es el beneficio?. Si tenemos éxito, el impacto puede llegar a miles de hogares con más empleos. Con mejores empleos. Con gente tratando de resolver problemas que toquen la vida, de manera positiva de millones de personas en el mundo, al lograr la innovación como una forma de vida para nuestra comunidad. Yo, hoy me conformo con que tú, lectora, lector querido, te animes y crees y compartas. No duele. No tiene que ser en lo mismo que estos locos pero… ¿y si, sí?.
*Si quieren conocer todas las comunidades de Guadalajara, ingresen a este link.
Espero les haya gustado la historia de esta semana (que en realidad es de la semana pasada). Si quieren participar en alguna comunidad, háganmelo saber y yo veo como los contacto. Dejen un mensaje aquí. O síganme en Twitter: https://www.twitter.com/blondonfilms.