Septiembre mío…

Hablar. Sin parar. Hablar como si el mundo se fuera extinguir. Así como lo hicieron las luciérnagas, esos insectos de cola florescente, que alumbraban las noches. Desaparecieron sin avisar, no como las abejas que nos lo han venido advirtiendo. Hablamos y decimos lo que haremos. Y hablamos. No hacemos.

Es muy de nosotros, no se si de los seres humanos, o solo los latinos, o los mexicanos; el creer que si hablamos, estos dichos florecerán como fruto de la noble tierra, que siempre da. O como flores, amarillas, moradas, naranjas. Así por acto de la polinización, de esas abejas que nos amenazan que se van.

Y así nos la llevamos. Para septiembre ya termino. Antes debo asegurarme de que todo cuadre a la perfección, justo como lo platiqué. Oye pero, ¿estarás aquí con nosotros en septiembre?. O peor aún, ¿le importará a alguien en esa fecha?. Los humanos tendemos a cree que viviremos una miríada de años. Que no caducamos, como si fuéramos un Gansito Marinela o una BigMac de McDonald’s. Por eso hace sentido la cifra que establece que solo un 18% de los mexicanos cuenta con un seguro de protección para su patrimonio. Como si nunca nos fuéramos a extinguir. Y llegó septiembre y nada.

Y es así que los dichos populares se validan como hecho social. Cuando esté o no dormido, al camarón se lo lleva la corriente. Y nos vamos de serendipia a serendipia, dejando que el destino decida por nosotros. Pero vamos, después de todo ¿quién puede planear y acertar?. ¡Claro!, no hay estrategia que resista al campo de batalla; y demás puñetas (¡uy, que fuerte!) mentales. Y nos acostumbramos a escuchar cosas como: “ya casi lanzamos el proyecto, solo falta el logotipo, registrarlo para proteger los derechos de autor, esperar a que pase de nuevo el cometa Halley, que Cuba y los Estados Unidos restablezcan relaciones, un presidente gringo de color (el que más les guste) y un Papa Argentino. Bueno, las últimas tres, ya están. Pero mejor me espero a que no gane Trump, no me vaya a deportar”. Años después, el Papa ya no está, Obama dejó la presidencia y los gringos ya se pelearon con los cubanos otra vez. Bueno, el logotipo ya hasta registrado está, pero me cayó un buen de chamba y el proyecto que tanto soñé, otro ya lo hizo. De seguro me escuchó hablando de el y me copió.

Como brisa en un caluroso verano, el día de hoy me topo con una de esas personas que irradian esa extraña energía. Bueno, de hecho fueron dos. De esas piedritas en el frijol que desdeñamos por soñadores —tu no perteneces aquí, no eres frijol, le decimos. Tú, a diferencia de nosotros, te desvelas trabajando en el presente. Mientras los demás soñamos, tú ya hiciste en semana y media lo que a otros nos toma 3 años; para después darnos cuenta que era demasiado tarde. El primero de ellos, tuvo una idea —sí, de esas joyas que tenemos todos los días y a nadie contamos por miedo a que nos la roben—montó un sitio, sin saber hacerlo, le metió una lanita a Facebook y se hizo de 1,000 seguidores. Eso en un fin de semana. ¿Qué le falta mucho?. ¡Muchísimo!. Pero menos que a mi. O a ti. Yo estuve a nada de decirle que me llevara con él, que me eligiera. El segundo, que no tiene más de 2 años se importó de tierras sinaloenses, (después de un Startup Weekend, obvio) hace una semana me dijo que iba empezar a publicar en Product Hunt sus experimentos. De esas cosas que la mayoría no entendemos, pero más de 370 mil personas el día de hoy visitaron su sitio para probarlas. No se la pensó. No se preguntó si tenía que esperar a que Barry White, en una maniobra «Jacksonesca», se tiñera de blanco y su registro de voz se tornara en el de un soprano. No. Hizo las cosas y hoy se emociona. Hoy se prepara para hacer más experimentos. No ha cumplido los 23 años. Pero ya tengo el logotipo registrado.

Obviamente, no son los dos únicos casos. Existen muchos más de esos que si bien, son optimistas con lo que les depara el futuro, creen firmemente que lo tienen que forjar. Y no esperar hasta septiembre, mío.


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