¿Y si dejemos de hacer las cosas al revés?.

¿Qué pasaría, si en lugar de darle 6 años al presidente para hacer sus relajos, le damos 6 meses para desengañarnos?; para demostrarnos que puede y quiere.

Y si en vez de escoger una carrera en base a lo que dice o, nuestro instinto o un examen de orientación vocacional, pudiéramos experimentar durante un año en distintas opciones antes de tomar una decisión que puede afectar nuestra vida para siempre.

Nos falta aprender a experimentar. Nos falta adquirir el hábito de crear las cosas o los entornos, para luego establecer nuestras métricas y medirlas de manera constante y después aprender de lo experimentado. Aprender en base a lo que nuestras métricas dicen. Y así, volver a crear algo más grande. Algo que nos de cada vez, más felicidad o valor.

Eso, apreciable audiencia, en el mundo de las startups se le conoce como un MVP. No, amigos amantes de los deportes gringos. MVP no quiere decir Most Valuable Player, para fines prácticos y evitar confusiones, siempre que lo escriba, me refiero a Minimum Viable Product o Producto Mínimo Viable. Si bien, su traducción es fea, —y su pronunciación tan difícil, que solo los que dominan el inglés ya pasados de copas lo pueden decir sin sentir vergüenza— su significado, o lo que puede llegar a significar, es de gran valor.

Pero, ¿y eso a mi como qué tanto me puede importar?. Pues bueno, como algunos de ustedes saben, y si no, los invito a leer mis otras publicaciones, mi “pasatiempo” es participar en organizaciones en las que estoy muy en contacto con emprendedores que tienen ideas y proyecto —los cuales, siempre tienen el gesto y la confianza de contármelos— y no se porque, pero también algunos me piden algún tipo de retroalimentación o consejo. Al final del día, de eso se tratan estas susodichas organizaciones. Se tratan de ser un lugar abierto, seguro, dirían otros en donde fluyen esas ideas y proyectos con el afán de enriquecer. Y en muchos casos, me he topado con gente que cuando me platica; o ya tienen su producto terminado, o están buscando programadores para llevarlo a la realidad. Y lo que yo voy a decirles aquí, amables lectores, es lo mismo que les respondo a ellos, así que no me salgan con cosas como, “¡uy!, cuando te vea ya no te voy a contar” o “si no te gusta, ya no vayas a esos eventos”; porque eso es más falso que la sonrisa de Jack Nicholson en la portada de la película “The Shining”.

Lo que yo les digo, y que fue lo mismo que me respondió Mak Gutierrez cuando me acerqué al final del primer Hackers and Founders que asistí para contarle de mi super idea, fue que no necesitaba un programador. Que no necesitaba tener un producto terminado. Eso cuesta mucho dinero. Y en un ambiente de tanta incertidumbre, al tratarse —la mayoría— de proyectos sin un antecedente sobre el cual tomar una referencia, sería irresponsable incentivar el que alguien se gaste todos su ahorros, o pida prestado a un banco, para conseguir un programador, que te puede costar cientos de miles de pesos (o mucho más) para terminar con un producto que cumpla con todas las características que soñamos y para que una vez lanzado al mercado, este no lo acepte. Ya sea esto porque nos tardamos mucho en lanzarlo y alguien lo hizo más rápido, o simplemente porque en realidad, solo nos solucionaba el problema a nosotros mismos. Y henos ahí, tristes, desilusionados y en el peor de los casos, en quiebra.

Hace no mucho tiempo, un emprendedor —uno de los más tenaces con los que he tenido el gusto de platicar— tuvo la ingenuidad de pedirme un consejo. En la etapa en que se encontraba, él ya había visto el nacimiento de su idea, hizo la investigación técnica necesaria, enamoró a socios, inversionistas, universidades, concursos de emprendimiento —de los cuales ganó varios— hasta que tuvo su producto terminado. En la última llamada que tuvimos, me contó —con un poco de tristeza en su voz— que después de hacer una investigación del mercado se dio cuenta que este no quería su producto. Eso nos llevó a la típica conversación sobre el fracaso. Después de buen rato, llegamos a la conclusión de que si tomas la modalidad de estar en constante experimentación, es muy difícil fracasar. Solo lo vives como aprendizajes para mejorar. Le aconsejé que lo tomara como una iteración en su proceso de resolver el problema (una muy onerosa) y empezara a buscar otras alternativas. Espero que haya quedado más tranquilo y sigo en espera de su llamada para ver si su siguiente experimento le da más luz.

¿Y cómo se crea un MVP?.

Primero debes de estar totalmente enfocado a resolver un problema de un segmento de la población, en lugar de querer forzar tu solución o producto como estamos acostumbrados. La mejor forma es ir y entrevistar a ese grupo de personas que creemos comparte un problema. No es ir a preguntarle si tienen un problema —rara vez lo aceptamos, todo va viento en popa— tampoco es ir y tratar de vender. Es el ir y conocer el proceso y así, como el borracho encuentra siempre la botella escondida en tu casa, va a llegar el problema. Platica con honestidad y transparencia sobre lo que quieres hacer. En ese momento de vulnerabilidad, tu entrevistado te soltará toda la sopa.

Ok, muy bien. Ya encontré cuál es el problema. Ahora, a diseñar un experimento. Lo que te tienes que preguntar ahora es, ¿de que manera me doy cuenta si la idea que tengo, 1) resuelve el problema lo más “barato” posible y 2) que el cliente esté dispuesto o tiene intención de adquirirlo. El caso que más me gusta : Dropbox. Si, el servicio en el que almacenamos nuestras fotos y documentos de manera mágica. Si, la empresa que está valuada en más de 10 billones de USD (billones americanos) empezó como video explicando la funcionalidad del producto —que hasta ese momento, nadie entendía— y que aun teniendo un equipo con capacidades técnicas arriba del promedio, decidieron no pasar años en su desarrollo y se decidieron mejor determinar su métrica, la cual era, cantidad de pre-subscripciones. En cuestión de horas llegarón a más de 75,000 correos. La gente quería sincronizar los archivos entre sus computadoras de una manera sencilla. Y todo esto, sin una sola línea de código.

Ejemplos como el de Dropbox existen ya algunos. Pero existen aún más de los que creen que por que saben programar o construir algo, deben de hacerlo. Evítate las molestias que el fracaso rotundo significan para la moral. Navega por esas aguas, experimentando, iterando, fallando rápido y aprendiendo aún más. Dejemos de hacer las cosas al revés.

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