Hunter.

El pensamiento que ocupaba gran parte de tu mente, la verdad, era llegar a casa y quitarte los zapatos.

Son preciosos, de plataforma y con lentejuelas. Son unos zapatos que gritan que estás dispuesta a pasártelo bien, que todas las convenciones se quedan aquí y ahora fuera del local y fuera de tu mente. Que quieres mirarte en el espejo y sentir orgullo.

Eran ya las dos de la mañana en el local y la fiesta empezaba a decaer, aunque los organizadores del evento estaban teniendo un cuidado exquisito porque no lo hiciera de una forma demasiado brusca. Estabais esperando dos margaritas.

Y entonces lo oísteis.

Tu primer pensamiento fue que habías leído en alguna parte que los disparos suenan como un portazo.

Antes de que pudieras terminar de formularlo empezaron los gritos.

Buscaste su mano, desesperada, al mismo tiempo que ella buscaba la tuya. Una confusión animal se extendía por el local. Los disparos seguían sucediéndose.

Echasteis a correr hacia algún lado, intentando vislumbrar los carteles de las salidas de emergencia, intentando evitar caer y ser aplastadas y que las personas de alrededor, que huían igual que vosotras, cayeran y fueran aplastadas.

En algún momento notaste su cuerpo convulsionar de dolor. La notaste caer. Palpaste, ciega, frenética, rezando porque el disparo no fuera fatal, porque ella siguiera luchando, como ha hecho toda su vida, incluso ahora.

Soltar su mano no es una opción.

Te arrastraste, la arrastraste a ella, bajo un montón de cuerpos inmóviles, abrazándola, aterrorizada hasta el entumecimiento, intentando no temblar, no respirar, no hacer nada que denote que todavía estáis aquí.

Si lo piensas, es lo que has hecho en la mayoría de los entornos durante toda tu vida. Solo que no pensaste que el odio pudiera encontraros aquí, en este lugar sagrado, en este lugar seguro.

Los equipos de emergencias tardan tres horas en llegar.

En memoria de las víctimas y familiares del atentado en Orlando el 12 de junio de 2016.

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