No vaya a ser que estemos todos muertos

No estamos realmente aquí. Al menos no de la forma como otros son presencia. La presencia es una cualidad de la entidad consciente. Nuestra existencia elude la consciencia. Somos sin ser.

Volvimos al pueblo después del atardecer. Tal vez ese fue el error. O tal vez no había nada que pudiéramos hacer. La falta de luz en las calles no nos previno. Estábamos acostumbrados a los apagones recurrentes inexplicados. Las calles estaban desiertas y oscuras. No había ruidos. Apenas nuestros pasos cautos, respetuosos del silencio.

Alguna vez tuvimos nombres pero los perdimos. Se fueron con todo lo demás, sin avisar.

En medio de la plaza vimos el primer cráter. Todavía humeaba. A medida que nos acercamos sentimos por primera vez el helaje que más tarde asociaríamos con el reinicio: un frío infame que se colaba en las coyunturas de los huesos y nunca se iba. Nos acercamos porque algo dentro del cráter brillaba. Nos llamaba. Nadie se atrevió a hablar. Nos paramos al borde del cráter y vimos el fulgor. Aquellos que se atrevieron a bajar jamás volvieron. Se difuminaron entre la nube blanca. Debimos ir con ellos mientras la luz persistía. Nos esperaban. Perdimos la oportunidad.

No puedo decir que sintamos nostalgia. Nunca tuvimos nada. Nunca fuimos. Nuestras memorias del antes se sienten incómodamente ajenas. Somos los restos de un mundo que jamás fue.