El oficio de viajar
Por Marianela Daza
He viajado muy poco. Menos de lo que mis deseos exigen. Lo digo con cierta vergüenza porque vengo de una familia que a veces prefería pasar hambre y necesidades antes que anular los planes de unas vacaciones: ora en cualquier lugar de Colombia, ora fuera de Colombia. Mi abuelo paterno murió viajando: en una visita que hizo a su hija Ana Margarita en España, se le detuvo el corazón, aunque no la sonrisa. Es decir, murió sin que nadie le quitara lo bailado. Cuenta mi tía que cuando llegaron los paramédicos para llevárselo al hospital, el viejo Jacinto les dijo: «Díganme si puedo seguir soltando piernas por ahí; sería terrible detenerme ahora». Los médicos le dijeron que debía tomarse un descanso; entonces se murió sonriendo, no sin antes recordar los buenos tiempos en que era joven y viajaba sin parar. Tenía 83 años y de haber vivido algunos años más, habría terminado por recorrerse el mundo entero.
Viajar para mi abuelo Jacinto estaba entre las razones más poderosas para trabajar como un mulo, ahorrar plata como un árabe y darse la buena vida de un jeque marroquí. Porque, además, el viejo viajaba como un rey: en primera clase, comiendo en buenos restaurantes, tostándose al sol en playas exóticas y hospedándose en hoteles donde las mucamas podían ofrecer masajes y algo más. Esa «aventura del cuerpo y del alma» la heredó su hijo, mi padre, que cuando tomó las primeras vacaciones de su primer gran empleo como ingeniero químico en una empresa gringa, se recorrió casi todos los Estados Unidos (sobre todo el sur), siguiendo las rutas literarias de los escritores que lo han desvelado como lector. Europa se la recorrió con mi abuelo cuando era un niño de pantalón corto. Cuando llegó a la última etapa de la adolescencia, volvió a recorrer el Viejo Continente, esta vez con unos tíos gitanos que aseguraban, entre otras cosas, haber visto a un descendiente de Drácula en Transilvania.
Mi padre siempre fue muy perezoso para los estudios, pero esos viajes le sirvieron para ponerse las pilas y recibirse de ingeniero (y hasta para pensar en estudiar medicina), porque, según él, «viajar no es para vagos ni pobres». Y para él no hay nada que le dé mayor felicidad —aparte de sus hijos— como «tirar piernas por el mundo», tal como lo hizo su padre hasta los últimos días de su vida. No es raro para mí recibir una llamada suya desde un punto geográfico cuyo número me cuesta distinguir: ¿Puttaparti? «¡Estoy viendo el entierro de Sai Baba, mijita!»
¿Por qué sus hijos no heredamos esa costumbre? No lo sé. Desde luego, no puedo —ni quiero— hablar por mis hermanos, pero para mí los viajes como una de las grandes aventuras intelectuales comenzaron desde una temprana edad en los libros. Mi padre tiene la culpa, porque fue él quien me contagió con la idea de «leer para vivir y vivir para viajar». Claro que yo me regodeé en lo primero y fui dejando para luego lo segundo. La razón tiene que ver con algo que me enseñó mi madre bogotana con raíces en Medellín: «Aprenda a ganarse la vida primero y luego a rumbear».
Mi madre siempre se impuso, y por eso ese dictum lo asumimos mis hermanos y yo desde la niñez; y acaso esté relacionado con esa fama popular que se le atribuye a los paisas: la de abrirnos camino en el mundo a fuerza de trabajo, ingenio, sagacidad y tesón. O sea, que si hay que venderle un refrigerador a un esquimal para poder vivir la vida como la queremos, pues allá se va uno a venderlo. Claro que se puede hacer su trampita, porque por cada peso que me ganaba haciendo tonteras, mi padre ponía cinco; así hice algunos viajecitos con primos (a Buenos Aires), tías (a México) y una comadre de mi madre (a España).
He recorrido buena parte de Estados Unidos (el sur sobre todo), siguiendo los pasos de mi padre. Y como él, he seguido la máxima de su escritora favorita, la tejana Katherine Anne Porter, quien escribió: «La palabra es el motor, la imaginación, el camino». Gracias a ella, he devorado muchos de libros viaje de autores tan dispares: Henri Michaux (recomiendo «Un bárbaro en Asia»), Antoine de Saint Exúpery, Paul Theroux (mi favorito) y el imprescindible Bruce Chatwin. Estos y otros autores me han dado un plan general de los lugares que quiero visitar, preferiblemente con alguien dispuesto a seguir (y a aguantar) el ritmo de mi marcha, mis desórdenes en la orientación, las neurastenias que todo viajero desarrolla on the road.
No me toca ahora, lo sé, porque mi actual compañero, que prefiere viajar solo, tiene sus propias mañas. Aunque sospecho que somos, justamente por esta diferencia, dos cuñas de un mismo palo. Contrario a mí, que ando con el equipaje de una reina escocesa, él es todo minimalismo: le bastan dos jeans, cuatro y cinco camisas, T-shits y los mismos bodrogos de zapatos. Las cámaras no faltan, eso sí, y se diría que son la razón de sus desplazamientos. En cambio a mí, que me gusta la compañía —Laura Miquel y Almita Porrás son dos víctimas de mis atropellos viajeros— no me basta con ponerme el mismo pantalón, sino que a veces tengo que hacer varios cambios de ropa. Cuando estuve en Salvador da Bahía en febrero, iba hasta cuatro veces en bus hasta la casa para bañarme y cambiarme el calzón porque no aguantaba el calor.

Pero esto es lo de menos; lo verdaderamente jodido son mis antojos culinarios porque mi estómago suele ser como mi cuca: cuando pide y quiere, hay que darle con ánimo de complacencia. Tres días antes de comenzar el carnaval de Bahía, a mí me entraron antojos de comer dulces paisas, con tan buena suerte que tres amigas colombianas que se desplazaron para ver el carnaval me llevaron toda clase de antojitos. Esas tres mujeres fueron testigos de mis arrebatos y cómplices de la paciencia de mi compañero. Cuando le propuse viajar a Santo Amaro para ver la casa de Dona Canô, la madre de Caetano Veloso, pedí alquilar un automóvil.
«Pero el bus sale más barato y no tengo que decirte la cantidad de locos que vamos a ver entre los pasajeros», me dijo él.
Yo monté campaña con mis amigas, y él terminó alquilando un auto. Aunque el pobre quiso que viéramos los alucinantes paisajes del sertão, las cuatro íbamos en sinfonía de ronquidos. Al llegar de madrugada a la iglesia Nossa Senhora da Purificacão y mientras esperábamos a que abrieran la casa de la madre de Caetano, pregunté, muy inocentemente, si podía conseguir alguna arepita.
«¡¿Arepas?! You gotta be fucking kidding me!», estalló él.
Pero mi estómago no pedía otra cosa. No sé cómo él no me dejó abandonada, pero el caso es que a eso del mediodía, cuando ya habíamos visto algunos lugares hermosos, conocido personajes del lugar, mi estómago no aguantaba más. «Quiero una arepa», dije.
Fuimos a casa de Dona Canô, una de cuyas empleadas domésticas me vio cara de tristeza. Mi compañero le explicó en portugués que yo era una majadera que estaba con antojos de arepa. La señora, linda, morena, de ojazos alegres, soltó una carcajada, y riendo se fue a la cocina y me preparó una versión baiana de una arepa colombiana. Yo se lo agradecí con besos y abrazos, porque aquello me supo a gloria. «Toda menina tem seus gostos; isso é ou que faz uma mulher, uma mulher», nos dijo cuando nos despedíamos. Jamás he besado tanto unas manos morenas.
Por lo demás, viajo para alimentar un insaciable apetito intelectual. Eso lo comparto con mi compañero, con el que viajaré a la zona de Pernambuco en noviembre para asistir a un carnaval de maracatú, forró, baião y otros ritmos nordestinos. Este viaje a Nueva York me servirá para conocer mejor sus manías de solitario y para que él se acostumbre a mis caprichos de niña de papá. Nadie le dijo que sería fácil, pero yo se lo recuerdo cada vez que puedo. Por algo siempre me dice: «Carajo, la próxima tiene que ser brasileña». Y yo me río para torturarlo; por algo lo aprendí de un abuelo que murió sacándole la lengua a la vida.
Marianela Daza es escritora y arquitecta. Actualmente escribe su tesis doctoral para la Universidad de Harvard.