Evangelios de una cuca frustrada

Por Marianela Daza


Tengo amigas que jamás prestan atención a sus cucas. Cada vez que esas reinas verticales les hacen reclamos, ellas se comportan como si con ellas no fuera el asunto. Otras amigas asumen lo contrario, pero terminan por interpretar lo que les da la gana. Es así como se han pasado toda una vida alimentando sus vaginas con toda clase de porquerías. Las unas sienten que una suerte de faquirismo sexual jamás las apartará de lo que consideran un ancho y nunca accidentado camino del bien. Las otras viven la ilusión de conocerse mejor llevando una romántica dieta en la que faltan las proteínas y sobran las grasas saturadas. Unas han hecho de lo primero un martirologio; las otras hacen de lo segundo una comedia.

No soy capaz de condenar ni a las unas ni a las otras. Puede que no esté de acuerdo con su manera de vivir lo sexual, de pensarlo, de expresarlo, pero no puedo ni quiero condenarlas. Tampoco paso juicio sobre quienes sí se sienten autorizados a pasar juicios sobre lo que hacen los demás sexualmente (aunque no por ello dejan de llamar mi atención). Al fin y al cabo, cada quien transita por este mundo (y por el suyo) como quiere o puede.

Sin embargo, soy curiosísima frente a las frustraciones; mucho, muchísimo más que frente a las contradicciones. Las contradicciones, es cierto, suelen brotar de la pereza intelectual o de la cobardía (o de una combinación de ambas). Brotan también de la manipulación, la estupidez y la bobería. Es el caso de mujeres que, cuando escriben sobre sexo (o de cualquier otro tema) abrazan el exhibicionismo antes que las exigencias del oficio. Hablan de coherencia pero ni siquiera son capaces de ser coherentes en sus tonterías. Escriben de acuerdo a los vientos que soplan los demás para que nadie se dé cuenta de las condiciones de la embarcación.

Pero las frustraciones son cosa seria, y a mí siempre se me antoja que se dan por la libre, sobre todo, en el ámbito de lo religioso. Sólo así se puede explicar la actitud evangelizadora de quienes se sienten autorizados a pasar juicios sobre quienes escribimos o hablamos sobre sexo.

Como se sabe, los evangelizadores con un espíritu ortodoxo parten de la premisa de que su «verdad» procede de las alturas, de algo o de alguien más allá de este mundo. Al encontrar esa «salvación», no les basta con tenerla para sí, sino que quieren, necesitan, están obligados a compartirla. El asunto es que los demás experimenten lo que ellos dicen tener, lo que ellos dicen disfrutar como una «salvación». Esto en sí, hay que reconocerlo, es un acto noble, un acto conmovedor; pero sobre todo es un acto altruista. Y los altruistas, como se sabe también, suelen ser en el fondo ideólogos que, de alguna callada manera, de alguna manera sutil, utilizan la bondad para imponer e imponerse.

Es decir, que cuando se encuentran frente a otros que no quieren ver lo que ellos ven, que no aprecian lo que ellos consideran como una verdad absoluta, entran en cólera. Esa actitud tiene su raíz en una lamentable deficiencia intelectual. ¿Cómo explicar que, al argumentar, boten espuma por la boca disparando términos como «enfermedad» y «obsesión» sin entrar a fondo en qué consiste esa «enfermedad» y esa «obsesión»?

A mí me da lástima, cuando no risa, porque esa actitud evangelizadora que los autoriza a cantarle su verdad a los demás, tarde o temprano, termina por hacerlos caer en el ridículo. Por ejemplo, una lectora anónima que me acusa de tener una «enfermedad» y una «obsesión», dice que soy «monotemática» al escribir sobre sexo para una sección de esta bitácora que fue creada, justamente, para tratar ese tema. «…tu monotematismo, running in circles on the same subject, fastidia también», escribe la fulana. (Quiero pensar que es una mujer y no un hombre porque si es un hombre muestra su descarada cobardía al no tener las güevas para firmar lo que escribe.)

Pregunto entonces: si la sección es sobre sexo, ¿de qué otra cosa le gustaría que escribiera? Otra pregunta: ¿quién la obliga a leer lo que en esta sección se publica?

Mi abuelita querida solía decirme: «Ay, mijita, usted a veces me hace pensar que es mejor escuchar al cuerpo que escuchar al diablo». Era su manera de decirme que una cuca frustrada termina por rezarle a Dios para que se apiade de sus tribulaciones.


Marianela Daza es escritora, arquitecta y artista plástica. Actualmente escribe su tesis doctoral para la Universidad de Harvard.

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