La mujer de Jaime Bayly

Por Marianela Daza


Hace unos meses, un amigo peruano me hizo llegar la primera novela de Silvia Núñez del Arco, la mujer de Jaime Bayly. La había dejado de lado porque ando metida en la lectura de biografías de actrices porno (acabo de terminar “Girlvert”, de Oriana Small, cuyo ojete anal, según confesión propia, nada tiene de small: con decirles que la chica es capaz de meterse toda la manopla en el hoyo) y, además, porque releo mucho más de lo que leo. Pero anoche, entre desvelo y desvelo, comencé a leer la novelita de marras.

“Lo que otros no ven” fue publicada por la editorial Mesa Redonda en 2010 (aunque Wikipedia dice que se trata de la editorial Planeta), cuando la autora tenía 22 años. El fenómeno de los autores jóvenes no es nuevo. Vargas Llosa, para citar a un escritor peruano, estaba en sus veinte y pico cuando publicó sus primeros cuentos y ensayos. (“La ciudad y los perros” la publicó al rayar los 30.) Pero hay una diferencia abismal entre la generación de aquellos escritores del boom e, incluso, entre la generación del crack, y esta que comienza a fines de los 80: el peso de las lecturas. (Aclaro que yo nací en 1990.)

Leyendo esta novela, me doy cuenta que la pobre Silvia ha leído muy poco, y lo poco que ha leído es mierda pura. Los autores del boom, los del crack, los argentinos que comenzaron a publicar muy jóvenes todavía buscaban medir su talento frente gigantes (Faulkner, Dos Passos, Miller, McCullers, para no hablar de Proust o Dickens.) Esta generación tiene como modelos a esos escritores fugaces (pienso en E. L. James) aupados por una publicidad descarada.

Se me dirá (y se me dirá bien) que los del boom también aprovecharon la publicidad de las editoriales catalanas. Cierto sin duda. Pero esas primeras obras de Donoso, de García Márquez o de Vargas Llosa tenían (y siguen teniendo) un fuego sempiterno. Apenas termino “Lo que otros no saben” y quedo con la impresión de haber perdido el tiempo, porque lo que allí leí pude haberlo leído en una revista mal redactada de internet. Esto es lo que Truman Capote llamaba “la habilidad de mecanografíar”.

Pero he aquí el verdadero “el petardo cultural” de nuestros tiempos, como lo llamó Francisco Umbral: el peligro de que la literatura se convierta en la última víctima de la banalidad de los jóvenes. Que conste que no estoy acusando a Núñez del Arco por ser joven (yo también lo soy), por ser una mujer espectacular que juega al “body politics”; ni siquiera la acuso de arrimarse al güevón de Jaime Bayly para vivir como ricacha en Key Biscayne. Nada de eso. Lo que trato de decir es que al pájaro se le conoce por la cagada, y basta con leer la novela o su blog para darse cuenta de que la mujer es una soberana imbécil. Núñez del Arco es el equivalente literario de Thalía en el pop. Ni más ni menos.

Si alguien duda de que la banalidad ha comenzado a ser punta de lanza para dinamitar la literatura, basta con ver el caso de Vargas Llosa, todo un premio Nobel (mind you). Desde hace tiempo, Alfaguara viene dando la alarma de no saber cómo llevar la venta de sus libros para que alcancen lo que los analistas llaman “números extraordinarios”. (Lo mismo ocurrió, por cierto, con la música en los 90.) Las novelas de Vargas Llosa venden lo que tienen que vender, justamente, porque se trata de un público reducido pero exigente, capaz de meterse en obras complejas, con independencia, claro, de las extensiones de esos libros. Pero ese número de lectores, aparentemente, no es rentable ni para Alfaguara ni ninguna otra editorial. Lo que explica que a Vargas Llosa se le haya pedido que escriba para lectores “QUE NO TIENEN TIEMPO PARA LEER”.

En efecto, quienes hayan leído “Travesuras de la niña mala”, habrán notado que la novela es brillante en su primera mitad. La segunda mitad, según cuenta el escritor, tuvo que ser redactada siguiendo los consejos de un editor que le pedía “aflojar”. Se nota. Y de manera escandalosa. Luego de “El sueño del celta”, un proyecto que Vargas Llosa venía dándole vueltas desde antes del Nobel, el escritor entregó finalmente la novela que pedía la editorial. Lleva el título de “El héroe discreto”, y es un vomitivo que, con todo, supera las mejores páginas de las “novelas” de estos jóvenes que buscan llamarse escritores cuando en realidad son pornógrafos que desconocen cómo bajar su propia caca.

Aclaro que la pornografía y el chisme no son temas, en modo alguno, excluidos de la literatura. Muy por el contrario. Pero ni siquiera el borrachín por grosero de Charles Bukowski se permitía tanta ligereza; ya no digamos estupidez.

Todo esto, no tengo duda alguna, se debe a la ausencia de una crítica profesional. La publicidad, que terminó por asestar un golpe a la impugnación. a la disposición de formular preguntas, ha convertido nuestra edad del “brand” en una dictadura de lo banal. Cuestionar ese brand es peligroso porque es cuestionar su espíritu de fe. Si esto no es para echarse reír, ustedes ya me dirán.


Marianela Daza es escritora, arquitecta y artista plástica. Actualmente cursa un doctorado en la Universidad de Harvard y escribe una novela erótica, «Polvos Contados». Puede escribirle a la siguiente dirección: neladaza@yahoo.com

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Lo primero que me gustó de ti fue tu culo, para qué voy a mentir.

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