No recuerdo la primera vez que recibí un piropo. O acaso lo recuerdo y lo que he querido evitar aquí es confesar que ese primer piropo fue el motivo de una arrechísima felicidad. Creo que tenía trece o catorce años, y en mi cuerpo se mostraban las espléndidas y armoniosas redondeces que atan la mirada discreta, que despiertan el deseo de los sentidos. De los míos; de los de otros. Un vendedor de frutas y flores que pasaba todas las tardes frente a la casa de mis abuelos en Medellín me vio sentada en el balcón y me dijo, deteniendo en seco su pregón: «Eres la niña de tus ojos y la hermosa mujer de los míos».
Lo dijo como un pensamiento que se ha escapado en voz alta, pero yo se lo agradecí en silencio poniéndome colorada. Él en cambio se ruborizó primero, se dejó arrastrar por toda clase de torpezas y luego me pidió que por favor lo perdonara, que lo que había dicho había sido una flojera del alma. Al verme bajar los ojos con lágrimas, salió corriendo y jamás volvió a pasar frente a la casa. Esa noche sus palabras me dieron vueltas en la cabeza, me acariciaron el cuerpo y me hicieron dichosa. Nunca había sonreído tanto. No porque necesitara de una confirmación ajena sobre mi belleza, sino porque la habían sintetizado en una hermosa expresión poética.
Lorca decía que el carácter más amable de una cultura se le debe medir, en buena parte, por las nanas infantiles que brotan de su imaginación, de su lado más tierno. No tengo conocimiento de que el poeta meditara en torno a los piropos. Pero habiendo disfrutado mucho de la sensualidad erótica de su poesía, puedo imaginarlo arrecho con estos dichos populares, que —si se me permite la imagen— son las nanas de la seducción.
Conozco mujeres que detestan los piropos. Y conozco mujeres que han quedado marcadas por los que han recibido de hombres en la calle. Mi madre pertenece al primer grupo. Para ella, son expresiones vulgares, machistas, zafadas, acaso porque su cuerpo voluptuoso, que siempre desplaza en un caminar de mujer segura, de mujer independiente que no evita mostrarse un tantín arrogante, sólo consigue que los hombres acudan a las palabras desbocadas para romper el cerco de su orgullo.
Mi abuela, en cambio, recibió muchos piropos cuando era muy joven, y de su boca he oído muchos que recuerda. Ninguno la marcó tanto como este: «Eres la flor que decidió crecer en un jardín lejos de mí». Cuando mi abuelo no la escucha, ella lo recita con voz melodiosa para recordar su juventud, acaso a los hombres que pudo haber amado, la belleza que la hizo una mujer encantadora. Seguramente por eso mi abuela aprecia los piropos como «polvos en fino estuche de palabras».
A mí ni siquiera los piropos reputados de groseros me desagradan. Y en Colombia escuché muchos: «Si haces el amor como caminas, me armaré de valor para morir». (Un amigo cubano me dijo uno muy similar: «Si cocinas como caminas, yo me como hasta la raspa», que a mí me parece genial. ) De hecho, son estos los que tienen una fuerza descarnada, una fuerza parecida al retozo. O como diría Sade: «El mantel limpio de la seducción para el juego sucio de la pasión».
Mis ojos suelen llamar mucho la atención de los hombres, muchos de los cuales se enredan en la construcción de frases que buscan elogiarlos. Un compañero de clases me dijo hace poco: «If I had to choose any part of your body as an organ donation, I’d pick your eyes.» Yo le dije: «But my ass will serve you better.» El chico, guapísimo y coqueto como pocos, se sintió un patito feo en el match del flirteo.
Creo que mi compañero (¡tú sabes quién eres!) es el primer hombre que me ha conquistado sin acudir a la poesía; al menos no directamente. Y es que la poesía no se le da ni por accidente. Sus cartas, sin embargo, dan cuenta de que su prosa confesional obedece a las leyes de la poesía. Hay noches en que sólo quiero escucharlo hablar por teléfono, es cierto, pero no dejaría nunca de recibir esos correos suyos en los que me pierdo en sus palabras.
Al preguntarle la otra noche sobre los piropos, me habló de una colega que alguna vez lo flechó sin que ella le correspondiera. Ella se fue a Cuba y escribió un texto periodístico acerca de este género en La Habana. Está escrito, sin dudas, con cierto encanto, y a su manera, es un piropo. Al escucharlo hablar de esa colega con tanto entusiasmo, me sentí celosa. No sé si él se dio cuenta por la manera en que corté la llamada, pero al abrir mi correo media hora después, encontré uno de sus mensajes nocturnos: «Qué rico tenerte cuando no te tengo».
Leo ese mensaje una y otra vez, y sólo consigo bajar los ojos como aquella tarde de niña adolescente en Medellín para volver a llorar de arrechísima felicidad.
Email me when BlueMonk Moods publishes or recommends stories