La gente comenta poco en nuestra página de Facebook. Pero a eso estamos más que acostumbrados. En cambio los más arriesgados prefieren comentar y preguntar mediante el correo. Acabo de abrir el buzón de mensajes y veo nueve con comentarios y preguntas. Paso por alto los comentarios (y también los nombres). Prefiero responder las preguntas. (Aclaro que el artículo “La mujer de Jaime Bayly” ha sido leído por 55 personas, aunque tiene 83 clicks… hasta ahora.)
“¿Por qué te pareció “ligera” la novela? A mí me pareció divertida y fácil de leer. ¿Por qué complicarse tanto la vida?”
Estoy de acuerdo: no hay que complicarse la vida. Pero de acuerdo con esa “lógica” se echan por tierra las categorías, el esfuerzo intelectual, la conquista de las ideas. Llegará el día en que las personas dirán que los médicos no son los únicos autorizados a practicar la medicina simplemente porque se rompieron la cabeza estudiando y entrenándose para ello. Bah. De hecho, ya ocurre en ciertas zonas del sur de Estados Unidos, donde empresarios locales han abierto clínicas de “servicios de salud” y contratan estudiantes de biología que no pasaron por una escuela de medicina y practican con ancianos y discapacitados.
Pero argumentarás que la literatura es otra cosa y que cualquiera puede meterse ahí y decir lo que quiera. Al fin y al cabo, se trata de un espacio “sin peso”, “ligerito”. Y sin embargo, yo estoy muy segura. Pero mi argumento no es que se dejen de publicar libros “divertidos” y “fáciles de leer”, sino que eso determine, bien por exigencia de las editoriales o bien por exigencia de los tiempos, que otros tengan que desistir de escribir libros, supuestamente, poco divertidos y no tan fáciles de leer. Un Faulkner en ciernes (como lo fue Gabo alguna vez) no tendría más opciones que pegarse un tiro.
“¿Le tienes envidia a esa chica por ser joven, bonita y con sosvencia [sic] económica?”
No critico a esa chica por ser joven, ni por ser bonita; mucho menos por tener “solvencia” económica. Critico sus ideas. Ahora bien, probar lo contrario es inútil. Si esa chica es honesta consigo misma, estoy segura que buscará medir su talento literario (si alguno tiene) frente al más riguroso de los lectores: el que va por dentro. Dime lo que lees y te diré lo que escribes. Así de simple. Ahora, si eso es lo que la satisface como “escritora”, pues ni modo.
“¿No te parece que todavía es muy joven y que con el tiempo hará cosas mejores? Pero te doy la razón en lo que dices, lo que ha escrito hasta ahora es muy ligerito, de muy poca cosa…”
Yo también quiero pensar que esta chica escribirá mejores textos. Pero eso sólo lo dirá el tiempo. Ahora, repito: mi crítica no es una reacción a su juventud (yo soy dos años más joven), es una reacción a la banalidad de las editoriales y a una maquinaria publicitaria que establece gustos y rechaza propuestas que, supuestamente, no consiguen “números extraordinarios”.
Eleanor Catton, que a los 28 años ganó el Man Booker Prize con una novela extraordinaria (“The Luminaries”), cuenta que su terror no se fundamentaba en escribir una épica compleja, rica en detalles y situaciones sociales y sicológica, sino en conseguir quién se la publicara. Ella ya había sometido parte del texto a una docena de editoriales y todas respondieron que ese tipo de libro no vende “en bulk”. Dos o tres editores llegaron a sugerirle que, por ser joven, debía escribir algo “ligerito”, porque su juventud podía conectar con un público que no quiere complicarse, que apenas tiene tiempo para leer. ¿Se da cuenta usted de ese criterio mamón?
Catton es una mujer con muchas lecturas a cuestas y “The Luminaries” es extraordinaria porque es el resultado de una exigencia intelectual. Pero con todo y premio, no ha vendido “en bulk”, simplemente porque el libro consiguió el público que tenía que conseguir, aquel dispuesto a elevarse a esa altura literaria. Pero el criterio de las editoriales (así como el criterio de cualquier institución “cultural”) es el de ofrecer el mínimo común denominador para que la gente no tenga que esforzarse; es decir, para que los que no quieren complicarse la vida puedan sentirse bien. A mí me parece asqueante.
“No todo el mundo puede escribir un clásico!!! Mario Vargas Llosa es aburrido y un pesado que ha renegado de su peruanidad. ¿No te parece es que mejor ser humilde y apuntar por lo bajo?”
A ver si entiendo: ser inteligente es ser pesado; tener criterios es ir en contra de una nacionalidad. ¿Estamos en la misma página? Muchas de mis “amigas” dicen algo muy parecido porque ando terminando un doctorado en Harvard y quiero entregar la tesis antes de cumplir los 25. Eso, según ellas, me hace renegar de mi colombianidad. No sé, su mercé, pero eso sólo puede tener un nombre: pura bobería. Además, quienes exigen a los demás ser humildes porque son inteligentes acusan un complejo, acaso una pereza.
Pero en algo estamos de acuerdo: no todo el mundo puede escribir un clásico. Pero ¿quién o qué impide que uno se esfuerce por escribir algo que trascienda? Desde luego que nadie se propone trascender. Eso el tiempo lo determina. Pero más lo determina el aprecio de los lectores, que deberán justificar eso que tratan de apreciar.
Traje el ejemplo de Eleanor Catton porque me parece soberano. Catton fue acusada hace poco de escribir una crítica demoledora contra su propia novela. Como las que se publicaron le parecían estúpidas, ella misma, con un seudónimo (o eso se comenta), radiografió las costuras de su propio libro. El ejercicio no es novedoso. Shaw, Wilde, Dickens… también acudieron al crítico que llevaban por dentro para encender el fuego del debate. Porque el debate es lo que mantiene en forma el músculo de la inteligencia. Y si hay gente que busca manterse en forma física con la rutina en el gimnasio, ¿por qué acusar a quienes buscan mantenerse inteligentes de “pesados”?
No sé, la bobería es como la grasa que se acumula en el cuerpo y cuesta trabajo eliminar. Si alguien la quiere así, dichosa usted. Pero yo acudo al gimnasio para sentirme bien conmigo misma. Siempre habrá un tonto que piense que verse bien y, además, pensar son pura vanidad.
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