El papelón con limón te va a gustar

Hoy en 15 minutos de caminata en el centro de Santiago leí en un primer anuncio: “Empanadas venezolanas”. Un poco más adelante, quizá menos de una cuadra, otro: “Cachapas con queso”. En la siguiente esquina: “Tequeños de queso”. Tráfico, mucho concreto, metales oscuros derretidos formando ventanas, pergolas, manillas de puertas, postes de luz, cajones de basura.

Hay veces que en las calles de Santiago te encuentras con esos ruidos sorpresivos que te ponen entre alerta y paranoico; síndrome de Caracas, tus ojos miran a todo el mundo y a veces todos te parecen sospechosos. Te llenas de nervios, desconfías de todos, no le tomas el anuncio de papel a la chica del restaurant. Se oye gente conversando, generando ese ruido de multitud en un mercado. Entre acentos chilenos, argentinos, venezolanos; ponía cierta atención en este último, que es como sentirse en casa.

En el siguiente “Papelón con limón” ya venía nostálgico:

- ¿Cómo estás mi pana?, coño, dame un papelón de esos. ¡Se ve bueno!
- 800 pesos mi pana.
- Coño me hubiese gustao' comeme' una cachapa de esas vale, pero acabo e come'.
- Tranquilo, mañana, nosotros estamos aquí de lunes a sábado. Solo los domingos descansamos.

“Solo los domingos descansamos”. Esa frase me quedó en la cabeza mientras seguí caminando. Y pensé de vuelta en todos los venezolanos que había visto metros atrás, en los que había visto antes en Chile, en los que vi en Buenos Aires; tocando música o vendiendo cosas. A todos ellos me los imaginé cantando la misma frase en sintonía: “Solo los domingos descansamos”, como una tragicomedia musical.

Luego imaginé un barco ensimismado en llegar a tierra con tripulantes abriendo pequeños huecos en su estructura frágil, de madera. Con millones de personas abordo de este caos, tripulantes y residentes del barco Venezuela. Algunos se lanzan al agua, otros se van salvados en helicópteros, otros se quedan abordo; con la ansiedad, el sufrimiento de la incertidumbre, del futuro, pero, aún más, el dolor del presente, de estar hundiéndose sin remedio. Sí, definitivamente sería una tragicomedia que habla de “unos” que de alguna manera salieron del barco, “otros” que con su esfuerzo destruyen el barco y “aquellos” que quedan en el barco encerrados, bajo autoridad.

Causa mucho impacto las historias de los que recién llegan, las historias de los tuyos que todavía están en el barco; atados. La sensación es parecida a la de escuchar a alguien que vino del pasado, o del futuro, o que se yo cuál tiempo, a contarte cosas de otra dimensión, cosas que son entre una mezcla de absurdo, cómico, frustrante, triste y ácido. Son historias de terror. No sabría explicar lo que se siente hablar con gente muy cercana, familiares, que desde hace tiempo que no ves y percatarte que están mucho más delgados, que perdieron peso porque la alimentación se volvió un desafío diario. Saber que lo que cuestan hoy dos hamburguesas es lo que costaba el alquiler de tu departamento en Caracas. En fin, son historias de lucha, de sacrificio, de forcejeo con un montón de cadenas encima. Y siempre la noticia puede ser peor, creerás que es lo peor que has escuchado, hasta que otra nueva historia llega. Y te vuelve a sorprender, a perturbar.

Seguí caminando con la idea en la cabeza de que cada empanada, papelón o cachapa vendida en esas calles es una brazada en el medio del océano de estos que se lanzaron con el ímpetu de liberarse de las cadenas del sistema que les robó la comodidad, la alegría, el sentimiento de victoria.

Gente que despertó con el barco hundiendo y confiaron más en sus fuerzas para nadar que las posibilidades del barco. Pero que nadie sienta lastima o tristeza por la lucha que ellos llevan; venezolanos, peruanos, colombianos, bolivianos, haitianos o cualquiera que busque nadar por si solo, haciendo fuerza que duele en el cuerpo, en la mente, en el alma. Fuerza que aprieta con la única intención de hacer más fuerte a quien nada buscando no ahogarse. Cero tristezas, estos guerreros de las calles de muchos países del mundo se llenaron de la fuerza de voluntad, de la confianza y determinación necesaria para volar. Guerreros que ya no creen en nadie más que si mismos para conseguir lo que sueñan; ya los veremos volar, con la misma fuerza con la que hoy nadan en las calles. Renaciendo como Fenix después de haber cruzado la tormenta con un solo grito de guerra: ¡Abajo Cadenas!

Ya veremos a todos estos inmigrantes revolucionar las economías de las tierras que los recibieron, un bravo pueblo construyendo el futuro de tus hijos, el tuyo. Ya los veremos liderar con la sabiduría que deja el dolor, con la imaginación que queda de vivir tanto negro, tanto blanco, y tanto de tantos colores. Así, de la misma forma como otros seres humanos de la historia han revolucionado a las sociedades en donde llegan como desconocidos con una sola persona en la que confiar: ellos mismos.

Ni por chovinismo, patriota o cualquier definición separatista de por medio; quizá por mera filantropía, o por naturaleza gregaria, o por el recuerdo, o por la nostalgia. A ti que me lees en cualquier lugar, te pido un noble favor:

El próximo “Papelón con limón”, “Cachapa con queso”, “Reina Pepeada”, “Pabellón”, “Patacón”, “Maltín Polar”, “Queso de mano” o cualquier otra venezolanidad en la calle de cualquier gran ciudad, míralos como guerreros, guerreros de alma que quieren triunfar y vienen de una lucha abismal. Siente el orgullo de ser de una especie que cuando quiere transcender, persiste, salta del barco, que vive el dolor, la calamidad, que despierta al otro día con ganas de transformarse, de ser su propio Dios.

A estos guerreros, cómprales un papelón, estoy seguro que te va a gustar.

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