La línea que divide el cielo.

Siempre había querido ver la luna desde un avión y, para suerte mía, pude presenciarla por un breve instante antes de que el avión siguiera subiendo. Luego dio la vuelta y hasta ahí quedó mi sueño, casi cumplido, casi sin cumplir, un segundo lugar maluco porque ni perdí ni gané. Lo que sí gane fue una agradable vista de las luces de la ciudad, se veía el eco luminoso que se ve con la ventana borrosa o con mucha niebla. En este caso, creía que era por la distancia, luego me di cuenta que era a causa de la contaminación que también lograba verse, una capa de smog gris que cubría la ciudad entera. Qué tristeza, me había parecido todo muy romántico.
Estaba al lado de la ventana, con la turbina y el ala justo detrás, se imaginarán lo ruidoso, más de lo normal. Lo que alcanzaba a ver ahora era un planeta, no sabía cuál, pero era un planeta porque no era de brillo intermitente como una estrella.

Dormí y, al despertar, miré por la ventana y se veía todo blanco. Pensé que eran las nubes, que todo estaba cubierto de nubes que no dejaban ver más allá y luego, aunque una nube difusa tapaba un poco lo que estaba debajo, al pasar, abrió el panorama y, no se imaginan mi emoción, era el ártico. Nieve, hielo, todo muy frío, todo muy azul claritico y blanco. Sé que si hubiera tenido un espejo, me habría visto con los ojos brillantes y llenos de emoción. Duré un buen rato mirando por la ventana, después decidí seguir leyendo el libro que estaba por terminar: El hombre que confundió a su mujer con un sombrero de Oliver Sacks (lleno de historias buenísimas de casos que él, como neurólogo, presenció y trató… Claro que el lenguaje que usa hace que pareciera más psiquiatra que neurólogo). Recuerdo que en algún momento del viaje, no sé cuándo, vi a dos aviones pasar relativamente cerca. Fue emocionante porque imaginaba que era una pantalla y había alguien organizando la ruta de los aviones para que no chocaran (hay un juego así para el celular).

Me volví a dormir. Créanme, en un vuelo de 15 horas, uno duerme más de lo que pensaría. Parecía un perezoso, pero lo agradable era que, cada que decidía mirar por la ventana, me encontraba con una sorpresa. Esta vez, cuando miré, estaba todo bien despejado, se veía una línea que dividía el cielo del océano, o el cielo de otro pedacito de cielo; sea lo que sea, lo dividía y era hermoso, como ver un cuadro de Rothko con dos colores pasteles.

Es increíble ver cómo el ala del avión atraviesa las nubes, como si se estuvieran separando dos copitos de algodón, pero esa turbina arruinaba todo a veces, me sacaba del sueño que estaba teniendo despierta: yo caminando por el ala del avión, quedándome ahí recibiendo la efervescencia de las nubes con los brazos abiertos y los ojos cerrados, pero volviendo a la realidad, todos sabemos que me hubiera caído y la turbina del avión me habría tragado sin compasión. Una escena espeluznante llena de sangre. Nadie quiere ver morir a alguien despedazado por una turbina de avión.

Esa línea que divide el cielo desde lo alto… Creo que no es la misma que divide el mar del cielo (parece que así fuera), pero esta era diferente. No era completamente horizontal, se curvaba un poco. Pasa que, después, para no quedarme con la duda, investigué. Resulta que el avión vuela en los niveles más bajos de la capa de ozono, o sea que esa línea podía ser la divisoria entre capa y capa. Estoy especulando, yo no sé de esas cosas, lo único que sé es que se veía tan bonito que me quedaba viéndola haciéndome preguntas al respecto. Podría no ser una línea, sino más bien un espacio milimétrico que queda entre dos cuadros de color y que, además, no son de un solo tono. No es entonces una línea, es un espacio infinito que solo podemos percibir a la distancia. Eso fue lo que pensé después de mirar varias veces por la ventana tratando de entender qué es lo que allí sucedía, y no entendí nada.