3:44 AM

El sonido de la alerta sísmica en mi cabeza me despertó. Soñaba que estaba en el pueblo, sentada en la mesa platicando con mi mamá, cuando un brusco movimiento sacudía la casa, salíamos a prisa, mientras que por el celular trataba de localizar a Odiseo de manera desesperada. El aullido de Snoopy hizo ponerme en alerta. Odiseo dormía.

En seguida, vino el nudo en el estómago. El mismo nudo que sentí el martes pasado, cuando estaba en Constituyentes y empezaban a llegar los videos de edificios caídos. “Hay que verificar que sean reales”. Lo eran. La cascada de mensajes comenzó a llegar y a salir de mi teléfono “¿estás bien?”, “dónde estás”, “¿qué te dicen en el trabajo?”, “¿vas para la casa?”.

El trayecto a casa fue eterno. Cinco horas, mientras desde Twitter leía la información que había rebasado a los medios. Edificios caídos en la Roma, en la Del Valle, en la Obrera, en el sur de la Ciudad. Mientras caminaba pensaba en todo y nada, en Azul, en Ulises, en Fernando, en Snopy, en mi mamá, en mi abuela, en Pamela y Jaime, en Fanny, en Jimena, en Aldonauta. El ambiente agitado de la ciudad tenía una densa nube de desesperación, la gente caminaba apresurada, los automovilistas atorados en el tráfico tenían rostros de angustia.

Cuando llegué a casa, sentados a la mesa Odiseo y sus hermanos contaban lo que habían visto: Edificios que crujían, calles cerradas, gente corriendo. “Por mi trabajo se cayeron varios edificios”, dijo Eric. “No nos dejaron regresar por las cosas”. La luz se había ido y Odiseo tenía que hacer home office mientras revisaban el edificio de su trabajo. Nos fuimos a Hidalgo.

En el trayecto leía noticias que me daban esperanza. La gente se había volcado para ayudar a las zonas de derrumbes. Los jóvenes sobre todo. Al no saber cómo ayudar, me puse a replicar en Twitter y Facebook información que pudiera ser útil a quienes se habían quedado en la Ciudad. Mapas con las zonas de derrumbe, centros de acopio que rápidamente fueron levantados, listas de heridos y a dónde los habían trasladado. Tenía que hacer algo.

Por la madrugada, al igual que hoy vino el insomnio, las imágenes, los sonidos, las lágrimas…

Ha pasado una semana. Quería creer que había superado la crisis. El insomnio de esta noche me recordó que no. Eran las 3:44 de la mañana cuando me desperté de súbito y ya no pude dormir más. Me senté a la orilla de la cama para mirar por la ventana, mientras que Snoopy no paraba a aullar. Tardó una hora para dejar de hacerlo. La gente dice que los perros sienten o ven cosas que nosotros no. En SkyAlert reportaron que a esa hora comenzó actividad el volcán Popocatépetl. Quizá habrá sido eso. Quizá sólo quiso recordar que ahí está.

Cerca de las 8:00 am pude conciliar el sueño por un par de horas más (ventajas del desempleo). Esta noche me hizo darme cuenta de que el miedo persiste y de que este nudo en el estómago quizá no se vaya pronto. Pero también que no será permanente, que las sonrisas regresarán a las caras de los mexicanos, que en estos días demostramos por qué somos chingones.