De la crítica y el crítico

Esta cuestión me da vueltas en mi cabeza precisamente por el tipo de ejercicio crítico que, generalmente, escucho de parte de mis colegas teatreros, de los estudiantes de teatro y de la crítica dominante en Costa Rica. A esto se añade pasadas participaciones como jurado en premios relacionados con el teatro y la literatura.

La crítica como ejercicio de interpretación que establece un juicio de valor sobre alguna cosa proviene de la filosofía idealista del siglo XVIII y el desarrollo de una nueva mirada sobre el campo del arte en la misma época. El gusto, esa especie de paradoja gobernada por una subjetividad que se vuelve universal crea el mito de que existen ciertas sensibilidades privilegiadas que pueden determinar, en la intimidad de sus experiencias, el valor absoluto de alguna cosa.

Aunque los presupuestos contenidos en su origen hayan sido cuestionados en la intimidad (clausura) de las aulas universitarias y en los escondrijos (publicaciones) académicas, lo cierto es que el ejercicio profesional e informal de la crítica siguen tomando como referencia un marco normativo que ha resistido el embate de los años.

La crítica teatral participa también de esta visión. Por muchos años, la crítica teatral en Costa Rica permaneció concentrada en un periódico y en un crítico que estableció cierta forma de abordar el teatro, el cual tuve la oportunidad de estudiar como parte de una investigación en análisis del discurso para una materia de maestría. Tal parece que actualmente se abre la posibilidad de un ejercicio crítico nuevo y refrescante. Cabría preguntarse si es suficiente “actualizarse” o “ponerse a tono con el teatro del nuevo milenio” o “dar cabida a las nuevas estéticas” para realmente desmontar los presupuestos sobre los que descansa la crítica teatral y proponer realmente una crítica que responda a un paradigma distinto en el país.

Como discurso que es, la crítica presupone un soporte, un medio y un lector “ingenuo”. Las estrategias con las cuales la crítica tradicional (a falta de una mejor etiqueta) reúne a estas tres instancias impactan de una u otra forma cómo se constituye en discurso. Por ejemplo, un medio como el lenguaje escrito plantea ciertos juegos de sentido distintos a una crítica realizada en televisión en la cual se utiliza el lenguaje hablado. Igualmente, un soporte implica ciertos recursos materiales que son proveídos por alguna instancia (institución, empresa, medio masivo de comunicación…) que apelará a un consenso ideológico de parte del crítico. Por último, el lector “ingenuo” no es tal, sino una presuposición del discurso que se convierte también en una apelación al lector real, el cual entra a jugar el rol necesario para cerrar la trampa (digo, el proceso de comunicación).

Voy a utilizar la noción de “objeto” por objeto de la crítica como aquello de lo que trata una crítica determinada. No quisiera que se entendiera como el objeto material solamente, sino también como la red de sujetos y prácticas que lo hacen posible y que no son menos importantes.

En dicho discurso identifico los siguientes aspectos:

· Sin lugar de enunciación. Es un discurso que oculta la subjetividad del sujeto que lo produce, de forma que se genere una posición absoluta y trascendente a través de la voz operada por el lenguaje.

· Es una práctica proyectiva. Lo que la subjetividad crítica ha definido como esencial, fundacional o, simplemente, importante; es transferido hacia la obra desde el punto de vista de logros o desaciertos que “la obra” o “el creador” alcanzaron.

· Se produce a partir de un elemento como centro y una serie de elementos periféricos. En Costa Rica, la crítica teatral de Andrés Sáenz se centró en el texto como origen primordial de la puesta en escena y, esta segunda instancia, en el antagonista del texto. Así, parte de la crítica se centraba en determinar si la labor de la puesta en escena había logrado resaltar el contenido del texto o, por el contrario, lo había dañado. Esto devela una posición textocentrista (según la definición de José Luis García Barrientos) como propuse en su momento.

· Hay una propuesta ideológica con respecto al objeto de la crítica. Ya que es proyectiva, la crítica establece una visión de mundo desde la mirada misma que posa en el objeto.

· Hay una propuesta deontológica y teleológica con respecto a la práctica misma que genera el objeto. El objeto está ligado a prácticas y procesos humanos, los cuales también son tamizados por la mirada crítica .

· Produce una valoración en tanto que la crítica es la coyuntura que vincula el mercado artístico con la producción artística. Se puede vender entretenimiento, pero también consciencia social, humanismo, nacionalismo, multiculturalidad… El mercado económico no es el único que grita sus consignas en la plaza del mundo (aunque la gran mayoría le dedique sus miradas más seductoras).

· Trata de ser exhaustiva, en tanto que busca agotar los distintos aspectos de su objeto, de forma que se produzca una visión coherente, aunque distorsionada, del mismo. En este sentido, el objetivo de la crítica es consumir por completo a su huésped, de forma que el objeto ya no es visible, sino sólo la crítica como tal que lo ha interpretado para el público o el lector.

Frente a esta forma de hacer crítica, cuestiono si en la actualidad es pertinente abordar la experiencia del hecho artístico desde este paradigma. La cantidad de información que se presenta en la internet que afirma que el mundo es de tal o cual manera es inmensa. Continuamente escucho personas de todas las edades afirmar que un hecho aconteció, que “el mundo es así”, que “lo que pasa en Oriente Medio es esto”, que “para el estreñimiento tome tal cosa”; basados en lo que encontraron en los resultados de la primera página de una búsqueda en la red. El acceso a la información ha creado la ilusión de totalidad que ya experimentaban los pensadores desde antes del siglo XX.

La posición del saber se ha vuelto accesible para todo aquel que acceda a una wi-fi y con ella, la posibilidad de establecer juicios universales. Una relación distinta con el saber y una propuesta más respetuosa por parte de la crítica son indispensables como formas de pensamiento que pueden resultar beneficiosas para la psique humana. Que la academia diga que cierto tipo de pensamiento o forma de ver el mundo han sido superados no significa que realmente haya sucedido para la gran mayoría de los que habitan un país o el mundo. El claustro académico rara vez es un referente de lo que pasa afuera de sus muros. De hecho, formas de pensamiento que han trascendido los siglos crean nexos inesperados con las nuevas tecnologías y las nuevas dinámicas de consumo.

Por esto, me parece que un posible ejercicio crítico más sano (en cuanto a tratar de no acrecentar el daño que operan los pensamientos exclusivos y totalitarios), con el tipo de mundo en el que vivimos podría proponer lo siguiente:

· Declarar la visión de mundo que uno tiene y sus afinidades ideológicas. (Salir del clóset ideológico)

· Establecer la escala de valores desde la que se realiza la crítica. (Siempre hay una, incluso para los postmodernos)

· Admitir que lo que se escribe no agota el objeto ni la práctica que lo hace posible.

· Renunciar a crear una visión coherente y total sobre el objeto, esto es, admitir que existe un significante que excede a la visión crítica. (Con algún sabor deleuziano)

· Declarar que existe siempre un mercado negro de la interpretación, donde la interpretación de un objeto sacia ciertas hambres o amenaza ciertas cuentas corrientes de la consciencia personal o grupal.

· Asumir que el objeto nunca es objeto solamente, sino también los sujetos que quedan vinculados en el proceso del encuentro que sucede gracias al objeto.

Frente al riesgo que implican las dos primeras viñetas, se tiene el ajuste de las demás, ya que no importa lo escalofriante de la ideología y los valores de algún crítico, siempre el reconocimiento de que es imposible completar el objeto lo salva de aterrorizar por completo al lector, el cual ya hemos visto que le gusta hacer de ingenuo.

Con respecto a esto último, tal vez es interesante pensar que el lector no es alguien a quien haya que educar, sino alguien con quien es posible compartir preguntas, inquietudes, historias de vida, experiencias ligadas con el encuentro que sucede en las vecindades del arte. En ese espacio compartido que es la crítica.

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