LA PEQUEÑA REINA

Una vez conocí a una reina.

Trabajo en hospitales, pero por dicha entro y salgo, no como los huéspedes involuntarios, inútiles ante las etiquetas indiferentes: enfermo, saludable, visitante, paciente.

Cuando estoy dentro de estas paredes con colores irónicamente ausentes de vida, miles de ojos dictaminan sus conclusiones de mí. Es muy fácil saber quién no pertenece aquí.

Camino a la par de ellos y piden limosnas de salud, curas milagrosas para que, como yo, al final del día, salgan de aquí y se olviden de este, un privilegiado, una persona saludable.

La palabra estéril es una falacia, un placebo para aquellos que se sientan en largas bancas de madera a esperar. Aquí no hay emociones. No puede haber. Aquí hay que aprender a ser sordo.

No podemos ponerle atención a todos los delicados partidos de ajedrez alrededor, y cómo cada gota de suero es aquel reloj de dos botones, que alarga la vida y atrasa la muerte. Cuando se llega a la bendición de la sordera, no hay más que frío.

Nunca entendí qué tienen de hospitalario estos lugares, pero aquí, en este gélido inframundo, conocí a una reina. Primero vi su castillo, un cilindro de metal, una mirilla de vidrio, cuál torre de la doncella. Tan aislada del colectivo que envidiaba su soledad. Ahí estaba ella, una reina en su castillo.

Enfermeras, inmunes por obligación y para el bien de la sociedad son mensajeras de buenas y malas. Las veo caminar en un horizonte de pequeños castillos metálicos dejando los recados. Cometo el error de escuchar y todo cambia.

“¿Ya llegó el examen de ella?”

“Positivo para VIH. El resto de los exámenes salió limpio.”

¿Alguna vez han visto las palabras rebotar? Rebotan en las paredes del castillo y nunca llegan a ese pequeño cuerpo de cristal.

Todo cambia.

Cambia ella. Ahora ella es la encerrada. No la protegida. Cambio yo. Ahora tengo un deber. Tengo que atravesar las murallas y arrodillarme ante esa inocencia neonata, a ver si recupero la mía. Tengo que sentarme a su lado y prepararla para lo que va a vivir y lo que no.

Maquino mis palabras, como abuelo que tiene que modificar la historia de la sirenita, y me doy cuenta que no se me ocurre más que prejuicio y realidad. Bourdieu siempre tuvo la razón. Cuánta hipocresía hay detrás del “te entiendo”.

La inutilidad me absorbe.

No tengo nada que decirle.

Tal vez sea mejor así. Quizá crecerá como niña y no como paciente. Sí, es mejor así.

Tal vez así corra y se raspe las rodillas, se columpie por los árboles y pretenda volver a la jungla, grite y ría.

Puede ser que así nadie la trate como una isla, de esas perdidas en el Pacífico, donde se llega por accidente, o por ver algo diferente.

Ahí mismo, como un Mercurio de malas noticias, tengo la opción de silenciarme, de abstenerme y no decirle que lo van a juzgar por un pasado que no escogió. No es nadie más que nosotros quien define lo que es el miedo, la repulsión, la segregación.

Mamá es una jeringa rota en un callejón. Papá es un arrugado billete de mil pesos, una línea de coca y una cachetada que enrojeció la piel.

No te veás en el espejo nunca para buscar similitudes con ellos. Hay cosas que no valen la pena.

Probablemente lo mejor es ni siquiera decirle que esto debilita.

No quiero verla crecer y convertirse en una canasta, víctima de la gran hermana, donde se botan medicamentos todos los días. Hasta dudo del término enferma. Si no lo uso, tal vez sea sólo una ‘condición’. Pero no, queremos enfermedad. Queremos algo que nos permita juzgarla y así no ver nuestras fallas. Aunque ella vivirá y morirá, sin saber dónde y cuándo, aún más importante, sin saber cómo. Al igual que todos nosotros.

Si pudiera hablarle, escogería no decirle que su vida cambió por un simple papel. Así, de la nada, a los siete meses de haber existido, con un resultado de laboratorio, todo cambia y ella no tiene idea. Ahora, para ella, las palabras positivo y negativo siempre serán más que sólo valores, son tatuajes en la frente, son letras escarlatas que aíslan, juzgan, castigan.

No. No le diré. Tal vez camine con su frente en alto y nadie sepa.

Veo el reloj. Ya casi me tengo que ir. La veo una última vez, un frágil cuerpo de cristal, bailarina nacida de las manos de Jon Doulton. Su pecho se expande rápidamente con cada respiro y se infla más que el mío. Tiene más ganas de vivir. Es fuerte, ella.

Tras de eso, sos mujer.

Veo a mi alrededor. Me doy cuenta. ¿Cómo es posible que la única persona que no conoce el miedo es ella? La misma a la cual todos tememos fallarle.

En esos pequeños brazos de porcelana, perforados con vías y agujas, en esos pulmones asistidos por máquinas descorazonadas, obedeciendo el ritmo de su corazón, y a la misma vez teniéndolo en sus manos, está la fortaleza que todos queremos. Simplemente sigue adelante. No para.

Por eso, quiero explicarle que hay gente ciega. Así como hay gente sorda. Que ambos lo hacen por seguridad. Que el prejuicio tal vez es un anticuerpo a la autoevaluación.

Quiero confesarle que todos somos ciegos a cierto grado y que necesitamos alguien como ella para hacernos ver que sobreviviente, esa palabra, finalmente tiene significado, tiene imagen.

Pero después de todo, me doy cuenta que tal vez deberíamos quedarnos callados y verla crecer.