Le jardinier

Photography credits to Stephanie_Sarley Instagram

El siempre tuvo un sueño. Tenerla, poseerla, posar sus manos en los muslos de aquella muñequita dorada, estrujarla con un abrazo, sentarla en sus piernas, penetrarla. 
Que sueños para ser un jardinero. No podría tenerla dando brinquitos sobre su torre con la entrepierna caliente. Claro que no, era imposible. Se limitaba al deseo de sus nalgas y senos, los que aireaba sin inocencia alguna todas las tardes en el balcón.

Ella se aburría de las lecciones de piano y pintura, del novio pálido y moderado que un día sería abogado graduado suma cum laude. Ella a quien menos podía interesarle también tenía un sueño que resbalaba por la ancha espalda del jardinero.
Aquella visión se colaba a través de las cortinas de su habitación de niña virgen como en una evocación. Tumbada en la cama, recogía su vestido a las caderas y se arqueaba al placer que le producían sus propios dedos, gemía dulcemente ante la satisfacción que le ocasionaba la imagen que se colaba por su ventana

Todo se consumó en una tarde con las vibraciones de una aguja tocando jazz, encontrándose a solas en el umbral de la cocina, sin dudar ni un segundo del tiempo que tenían corriendo frente a ellos. Deshaciéndose de los pudores, ella le tomó las ásperas manos se las aferró a los muslos por debajo del vestido que tantas veces él había soñado quitarle, las braguitas apretadas corrían rodillas abajo con su ayuda. 
Sentado en una silla él besaba la algodonada piel de su vientre mientras con manos inexpertas ella desabrochaba el pantalón, su falo al descubierto apuntaba el tierno durazno como un misil; unas manos apretaban los senos y otras enredaban los dedos en el cabello y en el pecho del jardinero, se besaban calurosamente, el sudor corría por los cuerpos y les pegaba la ropa haciendo mas densos los movimientos, la inocencia de la que él sospechaba se escurrió por sus pantalones con la forma de una mancha roja, un olor metálico, un gemido de placer en sus oídos.

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