Sé honesto contigo mismo y cambiarás el mundo

O de cómo antes de querer cambiar a los demás, hemos de hacerlo nosotros y predicar con el ejemplo.

Desde siempre he sido un amante de la naturaleza y de los animales (a mucha gente le sorprende esto, pues me conocen como urbanita y geek informático). Me crié en un pueblo hasta los 10 años y mis abuelos tenían una granja. Era normal andar jugando entre gatos y perros, meternos en un corral y ver toda clase de animales de cría.

Una navidad, mi primo y yo entramos de buena mañana a un corral en casa de mi abuela donde sólo había un conejo y nos pusimos a jugar con él. El animal era dócil, estaba acostumbrado a nosotros. Corríamos con él, le dábamos de comer en la mano y se dejaba acariciar. Incluso creo que medio se dejaba dormir en nuestro regazo. Al cabo de una hora salimos y volvimos a la casa.

“¿Qué hay de nuevo, viejo?” ⁽*⁾

En el almuerzo de ese día había de comer conejo bien preparado y sabroso. Por la tarde mi primo y yo volvimos a entrar al corral, pero el conejo ya no estaba. En vez de eso encontramos una piel ensangrentada en el suelo. Yo no lo entendí hasta que mi primo dijo “¡creo que nos hemos comido el conejo con el que estuvimos jugando esta mañana!”.

Su cara hizo una mueca de repulsa, casi como si fuera a vomitar. Yo solté una carcajada nerviosa. Pero desde ese día establecí la conexión, ya de niño, de donde venían los animales que nos comíamos.

Pasaron bastantes años (25 para ser exactos). Nos habíamos mudado a la ciudad. Mis queridos abuelos ya habían fallecido. Seguía siendo amante de los animales (y no me refiero a tener un santuario, ni ser un activo ecologista). Tuve varias mascotas, perros y gatos, pero en nuestra cultura no eran animales comestibles. Así que podía seguir viviendo con esa incoherencia, con ese doble pensar, ignorando esa verdad incómoda que yacía en el fondo de mi mente: me gustan los animales, pero también les ocasiono sufrimiento y soy responsable de su muerte porque me gusta comerlos.

En una ocasión, mi madre tuvo que cuidar unas gallinas en los antiguos corrales de mi abuela. Había una gallina que, extrañamente, siempre estaba a su lado: cuando mi madre abría la puerta, las otras salían a picotear. Pero una de ellas no. Se iba al lado de mi madre, quieta. O incluso se sentaba. Era muy extraño. Eran gallinas ponedoras. Así disfrutamos de huevos frescos de gallina de corral por un par de años.

Pero con el tiempo las gallinas dejaron de poner huevos. Mi madre una a una las fue matando y preparando para comer y hacer sopa. Todas. La última, aquella gallina leal que siempre estaba a su lado.

Yo tomé esa sopa y comí parte de esa gallina, pero también sentí un atisbo de crueldad al hacerlo. Una incoherencia. Si yo fuera mi madre no habría podido matarla. Además no teníamos necesidad. No pasábamos hambre.

Y así llegó el día

Si, llegó el día en que tomé la decisión de no comer carne. Me hice vegetariano (ovo-lacto por ahora). Esta decisión no fue un capricho: estuve 5 largos años meditándolo. Anunciándolo a mi familia y gente cercana. Me daba la impresión de que no lo tomaban en serio, sino como una fanfarronada. Sabía que iba a traer incomodidades familiares, sobre todo en cenas y celebraciones, y cierta resistencia. No lo hacía por salud, ni porque lo hicieran personajes famosos. No era una moda pasajera ni una dieta. Lo hacía por coherencia y por no sentirme responsable de la muerte de un animal.

No soy un “activista”, no alecciono a nadie sobre lo que ha de comer. En cambio sigo siendo cuestionado continuamente (las proteínas, las vitamina B12 y D, el hierro, el calcio…) por gente que realmente tiene problemas de salud relacionados con la comida. Mis analíticas, por el contrario, están perfectas.

Esto me deja perplejo: ¿por qué gente que se alimenta tan mal, me intenta aleccionar sobre la alimentación? ¿Qué más les da a ellos lo que coma? Ni siquiera son nutricionistas, y viendo los resultados que obtienen, jamás seguiría sus consejos, salvo que la ciencia los respalde.

El punto ciego

Los conflictos internos como el descrito anteriormente se denominan en psicología Disonancias Cognitivas.

Daniel Goleman, psicólogo famoso por su libro Inteligencia Emocional, escribió otro libro igualmente interesante, pero que pasó casi desapercibido al público, titulado El Punto Ciego. En él describe los mecanismos que tiene la mente para afrontar las disonancias cognitivas, siendo una de ellas no ver el problema o la contradicción. No pensar en el conflicto, enterrarlo en el subconsciente, o razonar sólo sobre una parte del mismo obviando otra que genera la incomodidad. Este mecanismo subconsciente es una autodefensa del yo y muchas veces sucede que cuando alguien es enfrentado al conflicto reacciona de forma incómoda e incluso violenta: cuando alguna persona me ha cuestionado por qué soy vegetariano y le doy razones (ética animal, salud, medioambientales) encuentro una extraña resistencia irracional. No importa que la ciencia corrobore que la dieta vegetariana es saludable, ni lo que diga la OMS sobre la carne, etc. La persona oye pero no escucha, se resiste y se produce una extraña tensión.

Da igual las excusas que den las personas que se dicen amantes de los animales que luego se comen: no están siendo honestas consigo mismas y desde luego no lo están siendo contigo. Comen carne por que les apetece. No es la puta madre naturaleza. No es una necesidad. No es una obligación. Es una simple comodidad.

Hipocresía generalizada

La cosa no termina aquí. Del mismo modo que conocemos a amantes de los animales que luego los matan para comérselos, hay otros ejemplos que seguro que te van a resultar familiares:

  • Seguro que todos hemos conocido al médico que fuma. Yo he conocido muchísimos. Encuentro ridículo que un médico fumador, oliendo a tabaco, le diga a su paciente que deje de fumar por el bien de su salud.
  • Dietista con obesidad (los hay) o que toman bebidas energéticas.
  • Coachers y demás iluminados de la vida que les dicen a los demás cómo vivirla y ser felices para acabar suicidándose (esto daría para otra entrada).
  • Ecologistas de boquilla que luego ni siquiera reciclan o compran cosas envueltas en plásticos por que son más baratas. Una colega en Facebook denunció acertadamente a una empresa que vendía manzanas de cultivo ecológico plastificadas.

Pero no, no debes intentar explicarles a los demás esas incoherencias. Rara vez conseguirás que alguien cambie. No funciona así.

El cambio empieza contigo

Si realmente buscas un cambio, cambiar tu vida, tu alrededor o el mundo, este cambio empieza contigo. Sí, lo sé, suena a tópico. Pero sucede que cuando eres honesto contigo mismo, extrañamente, todo empieza a fluir.

Si empiezas a ir al gimnasio verás que habrá gente alrededor que también comience a ponerse en forma. Si haces dieta y bajas algo de peso puede pasar algo similar. Las personas nos influimos unos a otros más de lo que pensamos. Esto funciona porque somos animales de manada que nos imitamos unos a otros. De hecho explica la aparición de muchas modas.

Si no sabes por dónde empezar, aquí tienes algunas ideas:

  • No sermonees a los demás con cosas que no haces. Predica con el ejemplo. Da consejo sólo a quien te lo pida y luego… déjalo estar. Esa persona es responsable de su vida.
  • Igualmente, no sigas consejos de alguien que no predica con el ejemplo. ¿Qué autoridad tiene esa persona si ni siquiera ella misma se escucha? Si insiste, pregúntale por qué a él/ella no le funciona el consejo que te da.
  • Rodéate de gente que está alineada con tus principios y objetivos. Por ejemplo, puede que uno de tus principios es que la vida hay que vivirla de forma saludable. Si quieres ir al gimnasio, rodéate de gente que vaya asiduamente al mismo y mézclate con ellos.
  • Ve con paciencia y paso a paso, aplicando un cambio de cada vez. Los cambios no siempre ocurren de la noche a la mañana. En general no es bueno realizar varios cambios simultáneamente. Por ejemplo, si quieres dejar de fumar, hacer dieta y ejercicio, hay estudios que apuntan a que es mejor ir integrando un objetivo cada vez en vez de intentarlos todos de golpe.

Por supuesto yo también soy humano y tengo mis puntos ciegos, pero siempre que detecto uno, empiezo ejercitando la honestidad y la coherencia pensando en ello. Por ejemplo, hace un año que he querido volver a practicar deporte y no lo he hecho. Podría darme mil excusas, pero lo cierto es que al final tengo que aceptar que no he ido por cómodo y perezoso. Es un cambio que tengo pendiente y buscaré cómo motivarme.

Cuando no eres honesto contigo mismo, te faltas al respeto. Sabes que algo no está bien. Algo no cuadra, tu interior se revuelve incómodo. Incluso en casos extremos el cuerpo puede somatizar alguna dolencia.

Si quieres el respeto de los demás, empieza a respetarte a ti mismo. Esto puede mejorar tu autoestima ya que al seguir tus principios te reafirmas en ti. Si hubiera sucumbido a la presión social de mi entorno aún seguiría comiendo carne y sintiéndome mal por hacerlo.

Puedes cambiar el mundo y el cambio empieza por ti.


⁽*⁾ Foto con licencia CC