27/7 — Praga

Puse un pie en Praga y quise hacer pis. Liberar desechos de algo que bebí la noche anterior en otro país, ¿no es mágico? En Munich, mi tía Mercedes me había contado algo sobre los indios Sioux: ellos dicen que las almas tardan más que el cuerpo en desplazarse de un lugar al otro, por lo que es mejor asentarse unos días cuando llegamos a un nuevo destino, en vez de visitarlo a las corridas. Pero Europa es cara y parece pequeña, entonces tiene eso de encaprichar al viajero no-frecuente con querer verlo todo, «no vaya a ser que no vuelva».

«Nunca estuve tan lejos de casa», le dije a X, con los ojos más redondos que de costumbre, en la Ciudad Vieja. «Ya me lo dijiste, Brenda», me respondió. Quizás esta vez hablaba mi alma recién llegada, quizás esta vez era ella la que miraba de nuevo al Reloj Astronómico. «Vos tampoco estuviste tan lejos», agregué, mientras él hacía «cosas de precisión» con la cámara de fotos. «Ya sé», me contestó. A veces quisiera un poco de su sentencioso pasar. A veces, quisiera contagiarlo con el beneficio de mis dudas. Pero algo es certero, incluso para mí: procesamos la vida a través de diferentes instrumentos.

Volví sola a Madrid; después, a Buenos Aires. Cuando uno regresa, siempre regresa de muchos lugares. Pasó un año desde que estoy acá. Mi alma llegó hace rato, pero me gustaría desprenderme de ella, al menos un fin de semana.