4/9 – Declaraciones

Subo al tren en Caseros. Estoy cansada, con ese cansancio del día, o tal vez de algunos más. También tengo del otro cansancio, de ese que se genera quién sabe cuándo. Uno da sueño, el otro lo/los quita. Me causa gracia leer en el asiento de enfrente, con fibrón verde, la sentencia de una chica: «Aguante el faso y mi novio», coronada con algunos firuletes. «Dos cosas volátiles», pienso.
Me bajo del tren en Devoto, esta vez con más cansancio «del primero». En una pizzería, un chico de unos diez años, con voz de cachetón, le dice a otro (posiblemente, su hermano mayor): «Y la chica que te gusta, ¿ya sabe que gustás de ella?» «No», responde el más grande.
El tren San Martín se volvió el hilo conductor de dos historias románticas. Escribirlas me ayuda a apaciguar el cansancio tipo dos. Yo necesito hacer indelebles los momentos. En cierto punto, funciono como la chica que vandaliza los asientos. Secretamente, admiro al nene de la pizzería… él no necesita manifestar su deseo para brindarle sentido.
Vuelvo a casa, encargo una pizza y abro el frasquito de flores: es mi manera de unir los dos mundos. Me olvido del segundo cansancio. Me duermo para dejar de tener el primero.
