Un par de tetas

Esta es la historia de un niño, que había nacido con un par de tetas para él sólo. Al principio resultaron ser algo extraño. Las miraba con la poca visión de aquel entonces y trataba de entender qué eran. Le resultaban dos lugares raros, de los cuales eran un tanto difícil obtener resultados positivos, como sacar la famosa leche de la que tanto hablaban.

Mamá sufría y el niño lo intentaba y lo intentaba y lo intentaba y lo intentaba, interminablemente. De a ratos, de a momentos, de a tiempos, de a horas, días, semanas, era una adicción. Hasta que llegaba al fin salir tanta leche que salpicaba su cara, y tocía, se ahogaba, pero era feliz, volvía otra vez como atraído por un imán.

Este niño recibió un par de tetas las cuales aprendió a conocer, los meses pasaban y él se había vuelto un gran experto. Ya las posiciones clásicas no le eran suficiente. Podía hacerlo vertical, horizontal, de cabeza, acostado, hacia un lado, hacia el otro, en fin, de todas formas. Si hubiese algún diploma de graduación, hace mucho se lo hubieran entregado con su nombre estampado en él.

Sin embargo ya la teta no era tan constante. Por eso en las noches trataba por todos los medios de hacerse valer y así era sacado de la cuna y acurrucado, aupado y agobiado de cariño entre los brazos de mamá.

Era un lugar seguro, un lugar único, era un sitio en donde se sentía feliz, pleno, protegido, alimentado. Escuchaba el corazón de ella. Amaba ese latir de constantes “te amo”. Él, a veces, después de sentirse pleno, la soltaba, y se tiraba boca arriba, mirando al cielo o al techo, no importaba, con barriga llena, suspiraba como diciéndole a Dios “Gracias padre por este regalo” y ese gracias se acoplaba en su segundo regalo perdurable: la dulce y tierna mirada de mamá, que era para él una interminable declaración de amor.

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