No odio a todos, pero sí.

Desde que recuerdo, he sido cautivada por aquellas emociones que te hacen sentir en un mundo de algodón. O al menos eso siempre he creído.

Y aunque mi capacidad de relacionarme con otras personas me ha permitido crear conexiones, buenas y malas, he notado cuán limitadas son mis muestras de afecto hacia las personas.

Creo que esto podría relacionarlo al desprendimiento de personas valiosas en mi vida, pero entonces, observo y me doy cuenta que mi nivel de apego se ha reducido a la mínima potencia.

En los últimos años ha reducido mi círculo social, y se ha convertido en pequeños grupos de personas que considero ha valido la pena conservar.

Pero cada vez me resulta más difícil crear conexiones afectivas hacia nuevas personas. Incluso buscar nuevas amistades me resulta aburrido y “sin chiste” porque mantengo esa mala actitud de creer que la mayoría de las personas están hechas bajo el mismo molde que me hará sentirme decepcionada, y me iré.

Y a lo mejor ese ha sido un grave error durante años: le daba tanto valor a la gente, que me creaba ideas que después se desmoronaban por alguna situación gris.

Volteo a mi alrededor, y a veces siento que odio a las personas. Las siento falsas, huecas, tontas… y digo, no es que sea yo un ser superior (seguro a muchos debo inspirarles nada), pero ahora veo que eso me hace apartarme.

Hace no mucho, el hombre al que más he amado, me dijo:

Te amo, te necesito y quiero que seas parte de mi vida, pero no sé cómo.

Claro que esas palabras llegaron hasta esa arteria que inicia en el corazón, y no supe si lo lasrimaron o acariciaron, pero me han llevado a preguntarme si quiero a tal, o a equis persona en mi vida, o no.

Me cuesta tanto creer en la gente, que a veces prefiero quedarme con los 2 ó 3 seres que me acompañan en la vida.

Y curiosamente, hace pocos meses, llegaron 3 nuevas personas a mi vida. Gente completamente nueva que comparte este sentimiento de “odiar y no a las personas”.

Pareciera que es una forma de advertirnos que no habrá conexiones emocionales entre nosotros, pero lo cierto es que si las hay.

Tal vez sólo estoy en una de esas etapas en las que la fe en la gente la dejas ir por el drenaje, y en algún tiempo regrese a esa burbuja rosa de creer que todos son buenos; la verdad es, que no odio a todos, pero sí.