Ficciones

Varias páginas han certificado, después de que pulso un botón que no soy un robot, eso quiere decir que no debo serlo, ¿verdad? Sin embargo, sobre todo últimamente, parece que habitarme fuese un asunto de ficción, creo que por eso he documentado mi cuerpo con cuidado y determinación duramente los últimos días…

Es un ritual. Despertar, tocar mi cara, tocar mi cuerpo, mirarme en el espejo, contemplarme, con ropa, sin ropa, notar la luz amarilla/naranja que entra por la ventana, observar las sombras, luces y sombras sobre mí. La cámara. La gata se pasea a mi alrededor, ella también me observa, curiosa, juguetona, su mirada se parece a la mía, a la de quien ve un cuerpo por primera vez, pero, ¿cómo? si este cuerpo es mío todos los días.

A veces siento que me observo como quien ve una película de ficción, como si mi cuerpo fuese una construcción de un tercero que me es ajeno, y que esos minutos bajo la luz amarilla de la mañana son el único momento que tengo para verlo, realmente verlo, tocarlo, sentir la piel suave, el olor a dulce, la redondez de las formas que no caben en ningún lado, ni en mi… La ficción termina siendo una -otra- realidad marginal, la de mi cuerpo fronterizo, un cuerpo que parece no pudiera existir, pero que bajo esos minutos bajo la luz amarilla de la mañana es lo más real que tengo, que he visto, existo. Sobrevivo. Amo.

El ritual termina poniendo mi cuerpo en lo público, a la vista de todos, existe, ¿existe? La pregunta se torna válida cuando después de ver mi foto en ese espacio que dura 24 horas, la siguiente imagen es la de una mujer reduciéndose, el comercial de “los nuevos propósitos del año” cambiar todo lo que una es porque la versión del año pasado muy seguramente estaba mal.

Me devuelvo a observarme, a mí, que toda junta estoy mal y que debería querer cambiar, a mí que ese ritual en el espejo en el que -por la providencia- este cuerpo me gusta, este cuerpo que me he ganado, porque he trabajado putamente duro por él, por amarlo, por resistir, por no destrozarlo todos los días, me observo y me doy cuenta que no le alcanzo al sistema, que no quepo, literalmente, que no debería sentirme válida, con derecho a habitarme, a habitar lo público, a quitarme la ropa, a usar ropa que me quede bien y sea linda… ¿existo?

En la siguiente publicación una marca de ropa interior me vende la idea del cuerpo gordo con forma de reloj de arena, ataviado con un encaje inmundo, un montón de tiras y el mensaje de cómo ese cuerpo es objeto del deseo, un cuerpo sexuado, dispuesto para el consumo.

Me devuelvo a observarme y así tampoco es mi cuerpo. Mi sexualidad no está dispuesta para el otro, no me interesa, los pedazos que normalmente exhibo me gustan a mí pero no necesariamente le gustan a otres, tampoco lo busco. ¿Qué busco? Habitar, existir, hablar, transitar, respirar. ¿existo?

La cámara ahora mira mi cara. La cara de una mujer negra, de boca grande y nariz ancha, ojeras perpetuas y el brillo que aprendí a apreciar el año pasado y que sale de los tres litros de agua que me tomo a diario… Existo. Soy esta y no puedo ser otra. No puedo ser otra que la mujer gorda, negra, que habla duro, que se ríe mucho y que llora más, que es feminista, que está emputada, que ama, que se ama, con todo y la política que esto implica.

Sin embargo ahora el amor no parece ser suficiente, ahora parece que además de todo las mujeres gordas -o con cuerpos que habitan fronteras- tenemos que emprender una lucha contra el sistema, tenemos que habitar la calle y la palabra en los términos de otras, como si el hecho de tenerse que enfrentar todos los días con el reflejo del espejo, con el supervisor masculino que llevamos adentro no fuera suficiente, como si el hecho de vestirnos como se nos de la puta gana aunque nos tome el triple del esfuerzo no fuera suficiente, como si el hecho de sobrevivir a las tías en diciembre que constantemente te manda a dieta no fuera suficiente, como si el amor, por si mismo no fuera un proceso titanico, agotador, doloroso, como si esos días en los que por más que te mires, te vistas o actúes simplemente nada de ti te gusta, como si luchar contra todo, todos los días, en la cotidianidad no fuese suficiente resistencia.

Y el cansancio.

Considero mi existir como una performance cotidiana. Verme en escala de amarillos, encontrar un ángulo, sacar uno de mis calzones de la colección, ocultar el tatuaje que no me gusta, hacer posibles los demás tatuajes, mirar donde está la gata para que no se vea, usar la ropa que quiero, maquillarme de color naranja metalizado y echarme toda la mirella posible para que el sol de Puerto Medellín se refleje en cada uno de mis ángulos, decirle a mis amigxs que “soy muy linda”. Escribo todos los días esta poética, la transito en las redes sociales, peleo por mi derecho a existir en la disidencia, por la presencia de mi cuerpo como un cuerpo válido, posible, que merece. Esto no le alcanza ni al sistema, ni a las feministas, a nadie y para ser honesta creo que a mi tampoco, porque considero todos mis días frente al espejo días de arduo trabajo por mí misma, sin embargo prefiero la performance de todos los días a permitir que el silencio y el desparecer me habiten.

En el silencio muero, y estos definitivamente no son tiempo para la muerte.