Las paredes y yo

Esto lo escribí hace 7 años. Ruego discreción a los intérpretes.

Cualquier superficie que me sirva para descargar el esqueleto, para asentar las nalgas y poder guitarrear o leer, y así estoy bien. Otra más elevada para apoyar el computador. Guitarrear, leer y teclear. Y ahí está Bruja. En Bogotá, en Armenia, en el Rincón del Mar o en la finca ‘Buenos Aires’. Probablemente resguardado del frío, la lluvia o del viento por cuatro paredes y un techo. Aquí o allá, da igual. A veces sin resguardo; eso no hace diferencia. En todo caso, Bruja… (o sea, yo) estoy siempre encerrado detrás de las paredes de mi conciencia. Encerrado en la guitarra, en el libro o en el pixel. (A veces encerrado en los límites del aura de la piel de alguna mujer, pero eso es otro cuento.)

Soy como un espanto que lo mismo le da la tierra o la nada desde que tenga aquellas tres cosas. Pero no es sólo tierra a lo que doy la espalda; también a la ciudad y — a veces lo creo — a la vida misma. (No a la mía, por supuesto. Eso sería estar muerto y muerto no estoy aunque a algunos así les parezca.) Entonces, decía, le doy la espalda a la ciudad o al campo o a la playa y al mar; para mantenerme seguro dentro de los límites de mi pensamiento. Y a veces me pregunto: ¿qué es todo eso que me estoy perdiendo? Y me arrojo sin lugar a la razón, como aquella vez que me tiré de El salto del metalero (o del hippie) cual alegoría de mis intentos…

Era una cascada de casi 15 metros de altura que arrojaba sus aguas a un estrecho pozo. En él ya más de uno había quedado empalado o tullido. Peludos imprudentes esos metaleros (o hippies) que se arrojan sin reparos, sin al menos fijarse adónde van a caer, pues allí también caen palos que vomita el riachuelo. Yo sí tuve la precaución. Parecía seguro.

Primero saltó Daniel, otrora mi mejor amigo. Fue todo él una nena. Que sí, que no, que sí, que no, que me devuelvo, que sin mente, que no, que no. Y ¡zas!, después de media hora — o más — se tiró. Gritó dizque «¡Panteraaaaa!» el muy ridículo. Pero cayó y salió feliz. Gritaba de emoción.

Era mi turno.

Subí. Acomodé mi culo tembloroso en las piedritas que sobresalían allá en lo alto.

— ¡Qué! ¿Me tiro? — pregunté. 
 — ¡Hágale! ¡Hágale! — me gritaron excitadísimas unas pequeñas criaturas desde abajo.

¡Zas! Me tiré. Sin mente al saltar, definitivamente, sin mente. Porque todo en la caída fue arrepentimiento. Me desplomaba ahogado por el temor o por la presión de las tripas amontonadas casi en la boca; por el vacío.

Pero llegó la zambullida que fue libertad y éxtasis. El agua me abrazó como un vientre materno. Un alivio inmenso, rotundo. Casi me sentí infinito. No estaba muerto, ni cuadripléjico.

Luego hubo un loop en la historia: de nuevo esperar a Daniel, cualquier otro grito ridículo y su felicidad. Luego yo, de nuevo sin mente y con miedo… Pero esta vez sin consuelo. El agua ya no fue maternal. O sí, pero fue madre severa, de las que castigan la imprudencia. Caí de golpe seco. La espalda contra el agua. Me creí, ahora sí, muerto. O tullido, por lo menos. Me hundía inmóvil, ahogado, medio muriendo. Veía la luz del sol o la de Dios que se alejaba en la superficie mientras yo iba directo al infierno. No por hippie, pero quizás por metalero.

Sin embargo, expiaron mis pecados. Volví a la vida despertando un poco el movimiento, aun sin respiración, flotando a la superficie. Me paré como pude y como pude llamé a Daniel. Recuerdo su cara de emoción metamorfoseada en pánico, en horror (cosas de cuando me quería).

Pero ya. No fue más. Como dije, no estoy muerto. Pero como venía diciendo: le doy la espalda a la vida así como en ese salto le di la espalda al agua. Por eso el golpe. Por lo mismo será que parezco muerto.

La historia del salto — largo paréntesis — representa, pues, uno que otro arrojo repentino que, a veces, me salen bien y mal a veces. Cuando mal, termino llorando y recordando alguna lección ya aprendida. Porque no puedo evitar volver sobre la sensación de niño indefenso. Y me pregunto, entonces, ¿qué es todo eso de que me pierdo? ¿Es éxtasis o es dolor? Y me arrojo, generalmente de noche, bailando, soplando la polvareda, en nubes propias, maltratando el hígado o como tren humeante. Suerte es que esos arrojos no hayan terminado en dolores ni arrepentimientos. Incluso cuando sale mal, la cosa ha sido más bien éxtasis… momentáneo, fugaz.

Y bueno, digo esto acá, desde dentro de la pared. Y me retiro de nuevo.

Hasta un próximo salto.

Besos.

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